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Estremecedor adelanto: Los cuatro días que alguna vez viviremos en Resistencia

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(Especial de Remiul Ristanic para Angaú Noticias, desde Macedonia) - Cuatro días. Es todo lo que necesito.
Día Uno
“Movimientos sociales. El corte nuestro de cada día. El puente Gral. Belgrano se encuentra liberado en ambas manos pero es imposible llegar desde Resistencia porque todos los accesos a la ciudad están cerrados. En este momento el vicegobernador está reunido con el ministro de Gobierno para tratar de llegar a un acuerdo con…”

La radio se apaga; por el griterío que viene del pasillo intuyo que el corte afectó a todo el barrio. Le mando un mensaje de texto a Lucía, que vive en el Centro: “Estoy sin luz”. La respuesta no tarda: “Acá también se cortó. Encima me estaba bañando… me cagué de frío”. No tengo tiempo de pensar en Lucía desnuda: un ruido ensordecedor quiebra el bullicio; me asomo por la ventana de la cocina: una formación en “V” de cinco Douglas A-4 “Sky Hawk” de la Fuerza Aérea cruza el firmamento. Atrás pero a mucho menor altura, tres helicópteros Bell UH-1H del Ejército pasan en la dirección contraria. Será alguna fecha patria.

Desenchufo la heladera, la tele, agarro la mochila y bajo. En la escalera me cruzo a dos vecinas que putean un poco contra el gobierno y un poco contra el kiosquero de en frente, que puso uno de esos muñecos inflables de publicidad que sacuden los brazos; en vez de conectarlo a la corriente del negocio, lo “enganchó” del poste de luz.

Al encender la moto advierto que tiene el tanque casi vacío. Salgo. A dos cuadras, en la estación de servicio, el playero me hace señas: cerrados todos los surtidores. Me queda algo de nafta. Me sumerjo en la avenida y diez cuadras más adelante, en la “Chel”, veo los carteles en los que habitualmente están los precios de los combustibles: “No hay nafta ni gas oil hasta nuevo aviso – Kerosene, $5 x Litro – Disculpe las molestias”. Tengo que llegar a la oficina. Lo dejo para después.

El Centro es un caos: carros, bicis, motitos, colectivos, remises; los movimientos sociales están pidiendo la renuncia de un funcionario, la distribución de bolsas de mercadería y el pago de las becas. Dos pibes me hacen señas para que baje la velocidad. Apago el motor y sigo a pie, con la moto al lado. Mientras la candeo en la vereda me pregunto cómo es que pueden estar todos los piqueteros en el Centro, cortando todas las calles, y encima también en cada uno de los accesos a la ciudad. Qué organización, se ve que esta vez el reclamo va en serio.

Como no hubo luz en todo el día se puede decir que perdí una jornada completa de laburo; que se jodan ellos. Bajo a la calle. Llovizna suave y persistentemente y por dentro me digo que en cuanto termine de pagar la moto me compro un 128 o un 3CV.

En la estación de servicio, a oscuras, los carteles siguen con su mensaje desesperanzador; ahora no queda ni kerosene. Hago unos cálculos mentales: tal vez tenga resto para llegar a casa. Me equivoco: cinco cuadras antes, un corcoveo y la moto se detiene.

Ok, es tarde y no volvió la luz. Estoy cansado, no tengo hambre, me voy a acostar.

Día dos
La luz no vuelve. Por suerte en la heladera no tenía nada que se pudiera echar a perder. Al celular le queda una sola rayita de batería y la aprovecho para mandarle un mensaje a Lucía: “Seguís sin luz, Lucía? Jejeje”. No responde; la llamo: “El número al que intenta comunicarse se encuentra apagado o fuera…”. Por lo menos el servicio funciona.

Mientras tomo unos mates caliento agua en la olla: no sé si me voy a bañar pero hace frío y quisiera afeitarme. Agarro mis cosas, tengo el impulso inútil de bajar la perilla de la luz, me detengo. Ahora me acuerdo: la moto no tiene nafta. Bajo la escalera y voy hacia la parada, donde una multitud está puteando contra Capitanich en primer lugar y contra el kiosquero en segundo; por alguna razón también putean contra el matrimonio presidencial. Pasan de largo dos colectivos repletos antes de que un tercero, igualmente lleno, se detenga.

La avenida es un río desordenado y lento: la falta de combustible afectó a los autos y a las motos, y se diría que las bicicletas ganaron la batalla evolutiva. En todo el trayecto contabilizo tres colectivos: el mío y los dos que pasaron antes. Tengo que bajar a varias cuadras del Centro por culpa del embotellamiento. Los inspectores municipales no dan abasto y me llama la atención la presencia de varios grupos de Infantería intentando calmar los ánimos de la gente. Otra vez llovizna.

Me desvío por la peatonal. La sensación creciente de que algo no anda bien se disipa cuando veo que los negocios siguen abiertos, pero en la esquina del supermercado hay un tumulto. Oigo las quejas airadas de los clientes y las explicaciones de los empleados: ya no queda combustible para que sigan funcionando los generadores y además se cortó el suministro de agua corriente. Todos afuera, el super cierra hasta nuevo aviso.

Los vecinos empujan las puertas eléctricas e impiden que desde adentro bajen la persiana de chapa. La policía interviene para calmar los ánimos. Como si una especie de instinto antediluviano se hubiera activado en hombres, mujeres y niños; como si se oliera una amenaza irracional, desde la turba vuela un ladrillo que hace estallar los vidrios del super. Los agentes se alejan al unísono.

Para tener una mejor perspectiva me cruzo hasta la farmacia, donde los clientes siguen oliendo perfumes y comprando pañales descartables como si no pasara nada. Desde ese ángulo puedo ver cómo de la caja de un camión hidrante salen diez o doce tipos con cascos y escudos. Enseguida son cerca de veinte. En un segundo la peatonal es una tremenda confusión, la gente grita y algunos se meten en el supermercado y emergen con botellas y paquetes de cualquier cosa.

Cuando el cañón de agua lanza el primer chorro a presión la furia cambia de destinatario. En vez de calmar a la gente, el agua la enardece. Resuenan las detonaciones de las balas de goma y se levantan dos o tres nubecitas de gas lacrimógeno. Un muchacho le devuelve la gentileza a la policía con tanta fortuna que la granada se mete por la ventanilla del camión y obliga a los ocupantes a bajar y exponerse al escarnio.

El alboroto apenas se acalla cuando la formación de “Sky Hawk” y los helicópteros del Ejército surcan el firmamento, esta vez a muy baja altura. No, no es una fecha patria.

Ni siquera intento llegar a la oficina. No sé en qué momento se hizo carne en mí la desesperación reinante, pero ahora me acucia el temor de que Lucía pueda estar en problemas. Me alejo de la peatonal. Vuelvo a intentar llamarla pero el teléfono se apaga. Por fin llego a su casa y golpeo. No hay nadie. Pienso que habrá ido a trabajar pero en vez de constatarlo empiezo a caminar directamente hacia mi casa intentando alejarme lo más rápido posible del Centro.

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Desde el balcón la ciudad parece un escenario posnuclear: los helicópteros van y vienen casi tocando los techos de los edificios, esquivando las columnas de humo negro que se levantan hasta las nubes. Las sirenas no cesan durante toda la tarde y recién se hacen más tenues cuando se acerca la noche. Pienso que también ellos se habrán quedado sin combustible.

Antes de acostarme oigo la puerta: es Lucía. Vino caminando, asustada. Me cuenta que Resistencia está sitiada, que están saqueando los negocios y que por los gritos y las ambulancias parece que hubo varios muertos. De golpe me oigo preguntar por qué no interviene el Ejército: parece que mis ideales también se quedaron sin energía. Sí, me dice Lucía, están interviniendo: le están tirando a la gente desde los helicópteros y desde las terrazas. Mientras mira la pared abre los ojos exageradamente, como si recordara una imagen aberrante, y empieza a llorar.

Nos acostamos. Cerca de las tres de la madrugada nos sobresalta el ruido lejano de unos tiros que rompen la quietud de la noche y después una explosión cercana. Una hora más tarde se oye la sirena de los bomberos. Antes del amanecer vuelve la calma.

Día tres
No hay luz ni agua. Me reprocho la falta de previsión. Pienso que los vecinos habrán llenado baldes y cacerolas para enfrentar la adversidad. Oigo un ruido en la pieza y recuerdo que Lucía duerme.

Con el poco gas que queda en la garrafa preparo unos mates y me siento a su lado. Me mira, balbucea algo sin sentido y se da vuelta abrazando la almohada. Ok, cuando quiera desayunar se va a arrepentir.

La gente está reunida en la calle, debatiendo. Cerca hay un auto con los vidrios rotos y el kiosco de en frente es una montaña de escombros. Bajo y me mezclo entre los vecinos, que me miran con cierto rencor, como si fuera de otro barrio. El kiosquero dice que le reventaron el boliche. Está enojado y en la cintura le asoma la culata de un revólver viejo. Las vecinas le reclaman por el muñeco inflable, causante de todos los males del mundo; el tipo se ríe nerviosamente y alguien, desde atrás, le pega con una tabla en la espalda.

Mientras cae, saca el revólver y dispara hacia cualquier parte hiriendo a un muchacho en la mano. Nos lanzamos todos sobre él y lo pateamos hasta que deja de moverse. Después nos miramos como haciendo un juramento de silencio y nos retiramos cada uno a su casa. El cuerpo del kiosquero queda tendido en el medio de la calle.

A la tarde se oyen decenas de explosiones. Son los depósitos de combustible de las estaciones de servicio: alguien descubrió que los tipos estaban especulando para aumentar el precio y tomó medidas extremas. Ahora sí: no hay combustible para nadie.

Día cuatro
Lucía me dice que no sabe cuál fue el origen de todo el despelote, pero que el problema es la falta de comunicación. Sin internet, radio, televisión, diarios, estamos todos por nuestra cuenta. Volvimos a la edad de piedra. Si esto hubiera pasado cincuenta años atrás hubiésemos organizado consejos vecinales para asegurarnos el abastecimiento de alimentos y agua. Algunos iríamos como delegados a las comisarías primero y de ser necesario a la mismísima Casa de Gobierno. Buscaríamos respuestas, pediríamos explicaciones. Alguien, tal vez, nos las daría.

Dependemos demasiado de un montón de cosas que se enchufan, me dice. Nos cuesta hablar con los demás en la calle; incluso con nuestros vecinos. Tenemos celulares y entramos al chat y en Facebook hacemos cientos de amigos a los que nunca les veremos las caras. En cuanto nos juntamos parecemos una jauría de psicóticos y nos matamos entre nosotros. No nos tenemos confianza y esperamos como ganado que nos traigan los fardos de alfalfa. Somos capaces de morirnos de hambre y de sed mientras esperamos. Como las vacas.

Trato de tranquilizarla, le pongo una mano sobre la rodilla pero la retira con amargura.

Diez días después, la verdad
Alguien había inventado la noticia de que los piqueteros tenían la ciudad sitiada. Aunque no fue una operación de prensa inocente, tampoco tenía la intención de promover el caos que se generó después. Sin quererlo confluyeron unos cuantos imponderables y la cosa se desmadró.

Antes de que la radio que había tirado el bolazo pudiera desdecirse, a pocos kilómetros de Resistencia se cayó una torre de alta tensión, parece que por la tormenta, y cientos de miles quedaron sin electricidad, con la última noticia, la de los piquetes, haciéndoles eco en la conciencia.

Parece mentira, pero sin luz al gobierno le resultó imposible tranquilizar a la población. Los funcionarios, que no podían hablar a través de los medios de comunicación, no se animaban a salir a la calle y dialogar con la gente, porque afuera los esperaban los movimientos sociales como licaones pacientes y sanguinarios. Las horas pasaban y empezaron a producirse incidentes en distintos puntos de la ciudad, con respuestas siempre desproporcionadas por parte de las fuerzas de seguridad. Quizás había habido alguna contraorden, o se estaba ejecutando un nuevo protocolo de intervención.

Había habido otra gran noticia que nunca vio la luz: las petroleras habían resuelto no proveer combustibles, y las cámaras de estaciones de servicio no comercializarlos, hasta que el gobierno aceptara un aumento del 12%. Entre la especulación y la venta racionada, en 48 horas la ciudad volvió a la Edad Media, cosa que los estacioneros, con el antecedente de la lucha del Campo muy fresco, consideraron un triunfo político. Cuando algún baqueano descubrió que los depósitos subterráneos tenían reservas, los tanques empezaron a estallar uno tras otro.

Alguien, además, decidió en esas horas cortar el suministro de agua corriente. No se sabe quién ni por qué. Tal vez haya sido simplemente una picardía de adolescentes, que aprovechando el descontrol generalizado se hallaron, mientras deambulaban por ahí, con las llaves maestras de Sameep.

Lo de los helicópteros y los aviones nunca se explicó muy bien, pero desde el Ejército y la Fuerza Aérea aseguraron que nadie disparó un solo tiro. Como sea, entre los tumultos y la acción desbordada de la policía hubo cientos de muertos a lo largo y ancho de toda la ciudad.

Cuatro días sin electricidad: sólo eso hizo falta para que el mundo colapsara. Por suerte esta mañana volvió la luz y las cuadrillas de Defensa Civil están rastrillando las calles con altoparlantes, diciéndole a la gente que la vida continúa.

 

Comentarios   

 
0 #5 cartoon 20-07-2009 16:59
asipolevadeci: Sos un terrible gorilón, no pedés docír eso de unas personas que están luchando por algo, no se qué, pero luchando al fín... Cómo se nota que eres de esos tipos que le haría bien que ocurra estas cosas en el chaco... Lee bien el texto y te darás cuenta que a lo que apunta es a que no ocurra eso que vos estás pidiendo...
administrador, no merecía que se públique ese comentarío..

ADMINISTRADOR: Cartoon, si planteamos que alguien debe tener el poder de decidir qué opiniones "merecen" o no ser publicadas, vamos a terminar votándolo de nuevo a Rozas y teniendo otra vez a Carossini de subsecretario de Desinformación Pública. Tratemos de ser distintos, y de rebatir las ideas con otras ideas, en la medida que éstas se expresen sin plantear principios discriminatorio s, racistas o delictivos.
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0 #4 cartoonn 20-07-2009 16:14
asipolevadeci: Sos un terrible gorilón, no pedés docír eso de unas personas que están luchando por algo, no se qué, pero luchando al fín... Cómo se nota que eres de esos tipos que le haría bien que ocurra estas cosas en el chaco... Lee bien el texto y te darás cuenta que a lo que apunta es a que no ocurra eso que vos estás pidiendo...
administrador, no merecía que se públique ese comentarío..
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0 #3 Mario F 19-07-2009 09:46
Tambien es tiempo de que reflexionemos acerca de como la clase política creo estas situaciones... los movimientos sociales de las caracteristicas referidas son el emergente de una practica clientelista de los distintos gobernantes...
SON LA CONSECUENCIA Y NO LA CAUSA
FANTASTICA LA NOTA
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0 #2 Andy 18-07-2009 06:50
Siempre los leo, aunque nunca les escribo, pero esta nota me parece lo mas genial que hicieron hasta el momento

ADMINISTRADOR: Grandiosa producción de Remiul Ristanic, lector de este portal y de quien a veces logramos que nos mande joyitas como èsta.
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0 #1 Romero 18-07-2009 05:15
Admi, esto tranquilamente puede llegar a convertirse en best- seller, y ya me lo imagino a Spielberg corriendo atras suyo para pedirle por los derechos y hacer una pelicula. Espero que esto sea una lectura graciosa y no un vaticinio(aunqu e parezca a la inversa). Pero cortemos el problema de raiz. Todo su novela arranco con los movimientos sociales que estan en la plaza; asi que por las dudas, que algun alma caritativa que tenga dos o 3 granadas en sucasa, que pase por ahi y las arroje entre las carpas, ollas, carritos y motos que ocupan NUESTRO espacio verde. Asi esto no se convierte en realidad

ADMINISTRADOR: El autor no es un invento de este portal. Remiul existe. Lo aclaramos para no quedarnos con el reconocimiento a su gran laburo.
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