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La rabia come rabia

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La argentina no es sólo una sociedad a la que en términos sociales le va mal. Es peor que eso: es una sociedad descalibrada. Las reglas formales que determinan lo que está bien y lo que está mal –por ejemplo, lo que dicen la Constitución y las leyes- están tan divorciadas de las reglas de juego reales, que en esa brutal torsión que se vuelve necesaria para enlazar a unas y otras, caben las miles de tragedias cotidianas que casi todos conocemos. También los picos de pavor que de tanto en tanto nos confirman nuestra absoluta vulnerabilidad, como el reciente asesinato de la estudiante Andrea Rodríguez.

 


Creo ocioso hablar hoy de la criminalidad como producto social, como manufactura de un determinado modelo político. La exclusión y la desigualdad, cuando adquieren las dimensiones formidables que tomaron en el Chaco, nunca dan resultados silenciosos. La pobreza, por sí misma, no es un disparador de violencia. Pero adquiere esa cualidad cuando surge como condición necesaria para la riqueza de otros. Y cuanto más ostensible sea esa relación de causa y efecto, mayor ferocidad habrá en los resultados.


En ese terreno, esta provincia desdeña cualquier sutileza. Los ricos chaqueños no son discretos, ni aun cuando el origen de sus patrimonios sea notoriamente turbio. Por el contrario, la deliberada ceguera judicial les permite exhibir los fetiches del enriquecimiento ilícito sin restricción alguna.


El Chaco no es sólo la provincia más pobre, sino que es también una de las más desiguales, y su desigualdad –medida por la brecha entre los ingresos del 10 por ciento más pobre de la población y los del 10 por ciento más rico- se incrementó más de un 40 por ciento en los ´90. El mismo período en el que los chaqueños también se hicieron un 50 por ciento más pobres. A la vez, la misma franja de tiempo en la que Resistencia se convirtió en una de las capitales con mayor proporción de camionetas 4x4 dentro de su parque automotor.

“Ser alguien”

Durante la dictadura, y tras el exterminio de las juventudes revolucionarias, un mensaje bajado con bastante insistencia por el poder militar y la complicidad civil sostenía que la Argentina –como repetían las maestras en las aulas- estaba “predestinada a un futuro de grandeza”. El argumento que sostenía la idea era que el país tenía una prodigiosa mezcla de recursos naturales, extensión y diversidad geográfica, más homogeneidad social. “No tenemos conflictos raciales ni guerras internas”, se decía.


Hasta no hace tanto, muchos dirigentes seguían repitiendo ese concepto. Todavía hoy más de uno lo suscribiría. Y sin embargo, hay allí una pueril negación histórica y una falacia. La primera consiste en pretender ignorar que, en realidad, los conflictos raciales fueron dirimidos por vía del exterminio o el acorralamiento –como el caso de las comunidades indígenas-. La segunda se basa en el intento de desconocer que la guerra interna se libra día a día. En ella, Andrea fue una víctima más.


Las guerras civiles o revolucionarias se establecen siempre entre dos modelos de nación, incompatibles, que se empujan dentro de un mismo territorio. Eso demanda, a su vez, un cierto nivel de conciencia política. Justo, justo, lo que eliminó la dictadura de modo tan eficaz. La desaparición mundial de los sueños de la modernidad hizo el resto. Consecuencia: los desangelados del sistema no tienen una causa que los ilusione, ni una bandera por la cual pelear. La salvación es individual.


Pero además, hoy ¿qué es salvarse? Salvarse es tener capacidad de consumo. Hoy, “ser alguien”, es tener poder de compra. Por eso, los estados han celebrado en las últimas décadas como un logro las normativas de defensa de los derechos de los consumidores. Es lo que queda de ideales mucho más grandes defendidos a vida o muerte por millones de seres humanos.


Hasta los organismos multilaterales de crédito han volcado en estos años miles de millones de dólares en líneas de “promoción social” que financian –vía los estados nacionales- distintos programas destinados a organizaciones no gubernamentales y comisiones vecinales, que así ponen en marcha una huerta o módicas mejoras habitacionales. Parecen actos de generosidad, pero en realidad son estrategias de control. Es una forma de poner en el Banco Mundial o el BID el gerenciamiento de la esperanza colectiva. El sueño ya no es la igualdad, sino tener un baño junto a la casita de una sola habitación en la que se hacina la familia.


No es culpa de quienes se esfuerzan por subir esos escalones. La culpa es de los dirigentes que vieron en la administración de la pobreza un formidable negocio, que se derrama dando a cada uno lo suyo. El habitante del asentamiento recibe su plan social y su bolsa de alimentos, su “referente” recibirá una camioneta y chapa política, el jefe del referente tendrá poder territorial y podrá negociar cargos y presupuestos, el jefe de los jefes negociará con los dueños de la riqueza que nada mueva el tablero.

Catorce bis

Los hijos de esa nueva miseria controlada no quieren esperar. En las calles crecieron viendo que los demás siempre tenían más que ellos. Vieron hermanos enterrados en cajones de manzanas porque no había para comprar suficiente leche, vieron padres morirse porque no había plata para pagar médicos y remedios, y si alguna vez entraron a un restorán a pedir una moneda o un pedazo de comida, fueron echados como perros con sarna. Porque, además, si ser es tener, la pobreza implica no ser. No ser es estar muerto.


Para ellos, la vida no tiene un valor demasiado elevado. No lo tuvieron las vidas de sus familiares, no lo tuvieron las suyas propias. En los juegos que los de su edad juegan en el cyber, la muerte suma puntos, y es un espectáculo vistoso. Los gráficos de juegos como GTA o Counter Strike permiten ver a un “enemigo” (que tanto puede ser un terrorista como un simple transeúnte) con el cráneo estallado o el abdomen abierto por un balazo.


Lo que vale –lo tienen tan claro como nosotros- es poder tener. No diferencian a una persona de otra el modo de pensar, o un proyecto de vida que se torna inasible. Diferencian el celular y las zapatillas. Lo demás es puro cuento. Puro artículo 14 bis de la Constitución. Puro “destino de grandeza”. Y si hace falta matar para tener, van a matar, porque no es algo extremadamente relevante.


Al fin de cuentas, tampoco les importó a otros matar sin armas, desde tantos gobiernos, también para tener. Matar cortando la entrega de leche a desnutridos “por razones presupuestarias” que no impedían el dispendio en publicidad o en obras pedorras y retornables. Matar manteniendo cerrado un nuevo hospital para que el viejo siguiera derivando moribundos a centros privados.


Son los términos de la guerra que se supone que no teníamos. En España, desde 1972 hasta este año, ETA provocó 831 muertes. Es decir, un promedio de 23 muertes anuales. En la Argentina, en 2006 hubo 2.052 asesinatos, la mayoría de ellos ejecutados para robar. En el Chaco se consumaron 74 de esos homicidios.


Lo que hay, hermanos de naufragio, es una rabia que come rabia, y que flota sobre la tristeza metálica de estos tiempos. Interminable, como si se tratara de una llovizna universal. Tan asfixiante que tener, finalmente, tampoco basta, y allí vemos a los hijos de las grandes billeteras salir a escupir vendedores de diarios, a desfigurar pibes a piñas o a "cintarear tapes" para intentar percibir, en cada acto humillante, algún modo de existencia.


El balazo a Andrea nos perfora a todos, una y otra vez. Nos estrella contra el espejo que no ocultarán manos duras, ni cien mil uniformes en las esquinas, ni otras tantas contramuertes.

Si se pudiera –y debería valer la pena intentarlo-, deberíamos empezar desde el principio. Hacer a mano, y de entrecasa, un big bang que empiece, desde cada uno, a desplegar las banderas y los mundos perdidos. Sembrar en los propios hijos, y aun en nosotros mismos, una nueva manera de cuidar la vida, la vida de todos, y así ir juntando las gotas sueltas sobre el suelo. Porque como diría Juan Gelman: aquí pasa, señores, que nos jugamos la muerte. Mientras tanto, nuestra esperanza, como la suya en aquel poema, come panes desesperados.


Sergio Schneider

Imagen: "Saturno devorando a sus hijos", de Goya

 

Comentarios   

 
0 #7 Ramoncito 11-12-2008 07:35
Si fuésemos una Sociedad con "todas las letras", una Sociedad en Serio, Angaú Noticias no existiría. Es bueno entonces que exista, para recordarnos que debemos repensarnos y mejorar todos, para el bien de todos.

Si eso se lograra, en menos de 100 años AN debería buscar otra plataforma para hacernos desternillar de risa y reflexionar seriamente sobre la Realidad que mágicamente nos hace MIRAR (y reflexionar muy seriamente) este portal.

Gracias por estar allí.

SIGAN !!!

ADMINISTRADOR: Te juro que a veces nos cagamos de miedo pensando que un día de estos aparece un gobierno normal y tenemos que cerrar. De momento, esta es nuestra humilde forma de agradecer todo lo que el Chaco -su dirigencia, sobre todo- nos ha dado día a día. ¡Hasta la cordura, siempre!
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0 #6 BB 11-12-2008 06:43
Impecable y certera reflexion Sergio, que me lleva a pensar el dolor propio y ajeno de muertes innecesarias que sabemos y otras a las que nadie siquiera releva.
Te comparto un comentario fantástico de Jaime Barilko "el exito se mide por el dinero, no importa como se haya obtenido" que sociedad mediocre, no? ojalá la vayamos revirtiendo, cada uno en su casa, es el principio, creo.
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0 #5 Rubén01 10-12-2008 15:38
Sergio: te dedico una estrofita muy gris de Zitarrosa que al lado de tu comentario paraece verde flúo...

"Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe... cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes... hasta morir también... tal vez un día... de soledad y rabia... de ternura... o de algún violento amor; de amor... sin duda".

ADMINISTRADOR: Qué maravilla, y qué olvidado lo tenemos a Zitarrosa. Muchas gracias.
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0 #4 luis 09-12-2008 16:22
cuanta verdad, nada para agregar solamente tristeza y ojala ustedes los jovenes reviertan esto, le queda la posta
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0 #3 fidel 09-12-2008 14:21
El tema es así. Pero en esa lucha -a la larga- también ganan los que tienen mas. Por mayor inteligencia, por mayor capacidad, por -precisamente- tener mas. En ese contexto el Estado de Derecho es una realidad pero destinada a garantizar un marco mas o menos confiable donde los que mas tienen sigan viviendo. Los otros son los marginales, es decir los que están fuera. Seguir viviendo los que tenemos casa, auto, trabajo, vacaciones, un diario, una pequeña empresa, un campo, una profesión, y hasta -porque no- un oficio o un arte.
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0 #2 Alexia 09-12-2008 05:52
Resume el pensamiento de la mayoria de los ciudadanos argentinos de buena voluntad.Gracia s,Angau.
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0 #1 ahh 09-12-2008 04:14
"Somos lo que hacemos, con lo que han hecho de nosotros"
J. P. Sartre
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