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Relatos Angauceros: El rancho

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En el rancho del Tata vivíamos dos y a veces tres personas: Riky Rubio y yo, y Leo, que prefería dormir en el sillón de lo de su abuela y pasar con nosotros sus mejores largas horas de abatimiento o de fruición o regalarnos irritantes farsas contemplativas que le brotaban en cuanto pisaba un corcho. Técnicamente, sin embargo, Leo tenía sobre el lugar por lo menos los mismos derechos que nosotros.

El rancho hab√≠a sido levantado por primera vez en la villa que est√° del otro lado del puente de Su√°rez para paliar la emergencia de un muchacho que se daba ma√Īa con la carpinter√≠a y que en un momento de desesperaci√≥n, borracho como estaba, se lo vendi√≥ al Tata, que tambi√©n estaba borracho. Ahora lo hab√≠amos puesto en el fondo de la casa de la abuela de Leo, en un hueco que alguna vez quiso ser un jard√≠n.

Estaba flanqueado por medianeras y por la escalera que sub√≠a hasta una terraza desde la que se pod√≠an ver las v√≠as del tren. M√°s all√° de la terraza estaban el sill√≥n, un loro imitador y un pastor alem√°n. Por consanguinidad con su abuela Leo era al rancho lo que un Se√Īor Feudal a una aldea del siglo XV, y los tres compart√≠amos la triple propiedad de la tierra.

Por casualidad fui el encargado de amoblar la √ļnica habitaci√≥n que ten√≠a el rancho, siempre con la aquiescencia de Riky Rubio y la aprobaci√≥n a rega√Īadientes del Tata, que nos visitaba cada tanto y ve√≠a que el bulo perd√≠a su identidad. Gracias a mis contactos con el mundo de la ciruja ten√≠amos una alfombra que cubr√≠a todo el piso de tablas, una mesita ratona que era, en rigor, un tonel con una tapa de vidrio grueso encima, una biblioteca y muchos libros.

Los libros no s√© de d√≥nde hab√≠an salido pero unos cuantos los hab√≠a conseguido yo mismo, lo que me oblig√≥ a leerlos. Ah√≠ supe que se pod√≠a viajar en el tiempo pero s√≥lo hacia delante, y que si uno se empe√Īaba lo suficiente tarde o temprano volver√≠a al lugar y al momento del que hab√≠a salido. Tambi√©n supe que a mediados del siglo XX a la epilepsia la curaban cort√°ndoles a los pacientes el cuerpo calloso del cerebro, y que un tipo, seg√ļn la esposa, viv√≠a ‚Äúen el surco de un disco rayado‚ÄĚ.

Durante un tiempo nos dedicamos a la fabricaci√≥n de pulseras y aritos de parsec, con mostacillas y cosas brillantes que dispon√≠amos sim√©tricamente y con un riguroso sentido de la econom√≠a. Us√°bamos un tubo de pl√°stico que ten√≠a el di√°metro aproximado de una mu√Īeca humana, lo envolv√≠amos en papel de diario y le d√°bamos forma a las dos piezas principales que compon√≠an el abalorio. Antes de que se secaran les peg√°bamos las mostacillas y m√°s tarde envolv√≠amos las dos piezas con alambre dorado y las li√°bamos con eslabones y ganchos. Cada pulsera separada de las dem√°s era una baratija imperfecta, pero todas juntas sobre un pa√Īo negro deslumbraban. Con eso nos sub√≠amos al tren y nos intern√°bamos en las plazas de Belgrano, en los bosques de Palermo y al final, con tal de conseguir algo para comer, en los almacenes de cualquier barrio. Leo nos acompa√Īaba pero ten√≠a prohibido manipular el parsec.

Después de esas jornadas, a la noche, Riky Rubio y yo nos acostábamos cada uno en su litera (antes no sé cómo las habré llamado, pero hoy ese nombre me parece justo), él en la de arriba y yo en la de abajo, y leíamos. Nos habíamos acostumbrado a iluminarnos con velas (habíamos fabricado varios candelabros de parsec) y a leer hasta bien entrada la madrugada. En esas sesiones Leo ya no era de la partida: estaba mirando televisión tirado en el sillón de la casa de su abuela.

Nunca habl√°bamos de lo que est√°bamos leyendo. A lo sumo lanz√°bamos una exclamaci√≥n o le propon√≠amos al otro que siguiera por tal t√≠tulo cuando terminara el que ten√≠a en las manos. No era algo que hubi√©semos acordado; simplemente no ten√≠amos cultura de lectores o de habitu√©s de los cen√°culos, no √©ramos ni gente de caf√© ni estudiantes de Humanidades ni bohemios de ninguna clase. √Čramos los que viv√≠amos en el rancho, a veces con Leo rompiendo las pelotas, a veces fabricando pulseras.

Pero con el tiempo tuve que admitir que Leo y el rancho eran indiscernibles, m√°s incluso que Riky Rubio o que yo mismo. El d√≠a que hubo un principio de incendio Leo estaba adentro. El d√≠a que apareci√≥ el perro sarnoso el primero que se abich√≥ fue Leo, y cuando matamos al perro de un tiro fue como si Leo se hubiera muerto un poco. Esa relaci√≥n que ten√≠a con las chapas y con las tablas lo convert√≠an en una especie de √≥rgano errante de la edificaci√≥n, como un embajador que el rancho usaba para encontrar otro lugar en el que clavar sus cuatro patas podridas cuando ya no hubiese raz√≥n para seguir en donde estaba. En octubre, cuando Leo cumpli√≥ a√Īos, ese destino com√ļn se manifest√≥ como una aparici√≥n.

La procesión de fieles que venían a dejar un presente y a emborracharse empezó temprano. Lobo, Lobito, el Tata, unos ladrones de autos y unos pungas, todos pasaban, dejaban algo y se iban. Alrededor de las once, cuando los pájaros se caían del cielo por la canícula, el rancho parecía un templo africano repleto de baguyos, tuqueras artesanales y botellas vacías. Entonces apareció el Diablo.

El Diablo era oriundo de Chilavert. Todos saben que Chilavert no existe oficialmente porque su territorio pertenece o bien a Villa Ballester o bien a Jos√© Le√≥n Su√°rez. Vivir en Chilavert es como vivir en ninguna parte, o en Parque Chas o en La Fabril o en un v√≥rtice, y la √ļnica referencia topogr√°fica que lo sustenta es una pintoresca estaci√≥n ferroviaria que se√Īala la mitad de la distancia que hay entre dos estaciones importantes.

El Diablo era un tipo sudoroso y demacrado, llevaba un sobretodo beige ra√≠do y nos saludaba una y otra vez como si acabara de llegar del futuro. Estaba feliz porque la memoria no le hab√≠a fallado y como demostraci√≥n de su alegr√≠a sac√≥ de los bolsillos del sobretodo un pa√Īuelo manchado con sangre, una jeringa, algunas monedas, una piedra lechosa envuelta en papel metalizado y un pedazo de goma para que las venas se dejaran ver. Flaco como un t√≠sico, debajo del sobretodo estaba desnudo y las costillas se le hab√≠an hundido como si lo hubieran quebrado a mazazos. Su piel, orlada por moretones y pinchazos, era el mapa de su existencia. El d√≠a de su cumplea√Īos Leo fue el √ļnico que comparti√≥ la jeringa con √©l.

Poco despu√©s supimos que el Diablo se hab√≠a muerto de Sida, una enfermedad que acababan de inventar, y m√°s tarde, que Leo era ‚Äúportador sano‚ÄĚ, un neologismo de aplicaci√≥n incierta, m√°s bien aleg√≥rico, que prefiguraba una muerte igual de temible, una ‚Äúmuerte rosa‚ÄĚ o una muerte para drogadictos. Cuando les pregunt√© sobre el Diablo, ni Riky Rubio ni Leo sab√≠an mucho de √©l. Tal vez lo hab√≠an conocido en alguna estaci√≥n o en una plaza, y no ten√≠an una sola an√©cdota que los relacionara. Parec√≠a una herencia injusta para Leo.

Mordi√©ndonos de furia, el mismo d√≠a que nos enteramos del resultado de los an√°lisis desarmamos el rancho. El Tata, que se hab√≠a mudado a Hurlingam o a Mor√≥n, nunca lo pas√≥ a buscar, as√≠ que poco a poco lo cubrieron unas enredaderas y las tablas terminaron pudri√©ndose en el piso h√ļmedo de ese hueco que una vez quiso ser un jard√≠n. A Leo no lo volvi a ver, pero con Riky Rubio durante un tiempo nos mantuvimos en contacto.

Remiul Ristanic

 

Comentarios   

 
0 #4 Ramoncito 24-08-2009 09:20
Este Rancho da para m√°s.

Remuil, muy bueno lo tuyo. Mila, lo tuyo también.

Hay cosas que, hoy por hoy, la Ciencia no es capaz de explicar. Casos que escapan a la capacidad de medición científica con las tecnologías actuales abundan.

Casos numerosos de HIV negativizados en prostitutas de Kenia son una prueba.

Casos de cáncer de diversos tipos con remisión completa también son una prueba.

Es algo en el ADN ? El Proyecto Genoma no pudo demostrarlo.

Es algo de la Fe ? Ni la Ciencia ni la Fe pudieron demostrarlo.

Es algo que enlaza las ganas de vivir entre corazón y cerebro, para que así las órdenes biológicas tipo "¡mándense a mudar!" se transmitan a virus y tumores ? Puede ser. La Ciencia está dudando (y mucho) sobre eso.

Por cada 5 trabajos de investigación que se conocen hay 95 que no.

¬ŅEstar√°n en ellos las respuestas?

No lo sé. Sólo sé que a nadie se le puede robar la esperanza.

Y si el eje cerebro - corazón es el que aparentemente gobierna la cosa, hay que fortalecerlo hasta que la cuestión se dirima.

Así se lo dije a una Gran Amiga hace unos días atrás. Me toqué la frente y el pecho mientras le decía: "La cosa pasa por acá y por acá. Tené Fe".

Fortalecer el cerebro con cosas bonitas y el coraz√≥n con sentimientos hermosos. Nada de mala onda. Todo positivo, a√ļn en las circunstancias m√°s negativas (a nuestros ojos).

Esto no los concierne a Ustedes, es sólo un comentario pedorro más en un foro pedorro como éste.

Ramoncito
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0 #3 DOSSO MILA 31-07-2009 14:00
No esperaba respuesta tuya. Pero me da mucha alegría recibirla

Y... No desmitificaste nada. Anoche, creo que poco antes o poco despu√©s de medianoche le√≠ tu cuento y pas√≥ ‚Äďde alguna forma ‚Äď a ser ‚Äúm√≠o‚ÄĚ.

Tus revelaciones de hoy ya no borran lo que sentí y viví al leerlo. Creo que fue un escritor el que dijo, alguna vez, que cuando un libro salía de sus manos dejaba de ser suyo.
El lector se transformaría, a partir de ese momento, en el verdadero autor. Construiría, a partir de él, su propio relato...

Además, leer es también esa suerte de catarsis que significa escribir

Y por √ļltimo, en la vida cotidiana misma, cada uno (como un demiurgo) se re-crea a si mismo cada d√≠a.


Cuando cierra los ojos y se duerme, del alg√ļn modo algo de lo que fue muere o huye hacia otra dimensi√≥n de la mente y al amanecer recomienza el rito de moldearse a s√≠ mismo nuevamente.


No hablo de nada que se asimile o parezca a la hipocresía de fingir rostros, imágenes o máscaras diferentes para esconder o esconderse


Se trata simplemente de que la vida es eso: construirse cada día.


Como un ajedrez cuyas piezas ‚Äúalguien‚ÄĚ mueve y sit√ļa a su antojo, y uno ‚Äď sin m√°s alternativas ‚Äď mira el tablero, lo huele, siente desaz√≥n y excitaci√≥n a un tiempo, intenta descifrar por qu√© cada pieza est√° en otro casillero, qui√©n las movi√≥...

En ocasiones muy lejos de donde dejó la partida la noche anterior, y elige, decide (o cree que lo hace, que la libertad de dirigir el destino existe) cómo moverse, y hacia donde...hacia qué...

Nuevamente gracias, Remiul Ristanic.

Mov√≠ las piezas del tablero de ‚ÄúEl rancho‚ÄĚ

Y hoy me dec√≠s algo as√≠ como ‚Äúlamento haber pateado el tablero‚ÄĚ, desafi√°ndome a la pr√≥xima jugada

Leo sobrevivi√≥ y desde el sof√° de El Tata me hace un gui√Īo, pero ya no veo al rubio Riki...

(Escribí un cuento/relato - o mamotreto- de mi propio naufragio: el cáncer al que sobrevivo haciendo equilibrio sobre una balsa que de tanto en tanto es todavía azotada por sorpes ivos temporales)
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0 #2 Remiul 31-07-2009 05:22
Gracias Mila. La historia es real y Leo, que en efecto contrajo el VIH, despu√©s de unos a√Īos se volvi√≥ a hacer an√°lisis -lo obligaron- y no ten√≠a rastros del virus. Le hicieron otros dos estudios, y nada.

En el relato digo que a Leo no lo vi m√°s pero es mentira. Al que no volv√≠ a ver fue a Riky (le dec√≠amos "Rubio" por el pelo; el resto √©ramos morochos). Es raro porque √©ramos como la u√Īa y la mugre.

El d√≠a que a Leo el an√°lisis le dio positivo est√°bamos juntos porque hab√≠amos ido a donar sangre para un t√≠o de √©l que ten√≠a un lunar feo en la espalda (al final se muri√≥ de c√°ncer). Fue una situaci√≥n muy extra√Īa, sobre todo cuando supimos que el tipo ese de Chilavert se hab√≠a muerto.

Una vez leí que había no sé qué asunto de una llave genética en algunos biotipos que hacía que el VIH virtualmente fuera vencido por el sistema inmunológico. Fuera por eso o por los cocteles que Leo se colaba para pasarla bien, se curó.

Disculpame si desmitifico el cuentito, pero viste cómo son las cosas (veo que a vos te pasa): uno tiene que buscar la manera de hacer catarsis, en lo posible sublimando, para acomodar su historia.
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0 #1 MIA MONSERRAT 30-07-2009 17:54
Con ecos arcanos como tu nombre, Remiul, tu historia es extra√Īa, perturbadora, vertiente de m√ļltiple m√°scaras que me ‚Äúmetieron‚ÄĚ de los pelos en ella, como impostora hurgando en las profundidades del rancho y sus cuerpos rotos, las formas (in)visibles del v√©rtigo, la desmesura, la pasi√≥n y la resistencia conmovedora de tres (uno) personajes, zarzas ardientes, inmolados y glorificados por el destino.


Devorando primero y saboreando lentamente luego cada frase, me veo atrapada entre la ficci√≥n y la realidad, el sue√Īo y la vigilia, descifro enigmas que se cierran en el mutismo m√°s absoluto y al mismo tiempo, tal vez, tan claro y evidente, a imagen de ‚Äúese destino com√ļn‚ÄĚ de Leo que ‚Äúse manifest√≥ como una aparici√≥n‚ÄĚ.


Tanto palabrerío, dirás, cuando bastaría decirte:

Gracias Remiul, por abrirme las puertas del rancho....Me embarco en √©l, me prendo, me engancho, me agarro y navego en un juego de arriesgado equilibrio sobre ‚Äúsus tablas pudri√©ndose en el piso h√ļmedo‚ÄĚ, cubierto de enredaderas, en ‚Äúese hueco que una vez quiso ser un jard√≠n‚ÄĚ
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