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Grandezas y miserias de aquel desafío diario de jugar a las bolitas

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En Averno Pub, el lector Gus sacó a colación el juego de las bolitas. Para los que nos leen desde otros países y no conocen la idiosincracia local, les contamos que no se trataba de un juego erótico entre varones, como podría deducirse del nombre del entretenimiento, sino del "juego de las canicas", como más castizamente se lo conoce.
El caso es que la mención nos metió en el inevitable túnel del tiempo que supone hablar de las cosas de la infancia. Abrimos el cofre y nos pusimos a clasificar los distintos tipos de jugadores que se veían en aquellas partidas de bolitazos.

En todos los puntos, vamos a referirnos, sobre todo, al juego "del hoyito", aquel en el que uno vencía al pegar con la bolita propia a la del oponente, siempre y cuando antes o después hubiera logrado meter la esferita en el hoyo que se hacía en la tierra.

* El leguleyo: No es difícil imaginarlos convertidos hoy en abogados. Conocían no menos de 450 reglas y normas bolitescas que aplicaban con rigor judicial, obvio que siempre en su favor. Era al pedo discutirles: mencionaban antecedentes de otros partidos, citaban a testigos (otros pibes del barrio o del colegio), nos torturaban con largas peroratas sobre jurisprudencia sentada por el pegador de la zona, etc.
Nos vivían cagando con cláusulas como "Espaldita", que obligaba a tirar de espaldas a la bolita enemiga; o con "Altita rodilita", que imponía el deber de lanzar la bola con la mano a la altura de la rodilla. Con esos y otros recursos nos jodían tiros "servidos", cuando nuestra bolita quedaba a pocos centímetros de las de ellos y era nuestro turno de tirar.

* El chantudo de mierda: "Tener chanta" era tener una puntería prodigiosa. Eran elegidos de los dioses, uno entre miles. Embocaban al hoyo desde distancias inverosímiles, le pegaban a tu bolita desde donde fuera, tenían una innata habilidad para acertar a pesar de tener en medio plantas o árboles.
El chantudo era a veces un reverendo hijo de puta, que te gozaba con cada victoria. A veces era un gran tipo, y uno se sentía mal odiándolo por su don. Pero en los dos casos soñábamos con ver un día que un tren les pasara por encima de las muñecas.

* La bestia de Detroit: No necesariamente era un chantudo, pero sí un animal a la hora de imprimirle fuerza a su lanzamiento. Solía llevar una cuenta actualizada de la cantidad de bolitas adversarias que había destrozado en su carrera profesional.
Por suerte casi todos, de grandes, fueron tremendos fracasados en el terreno laboral, lo que permite gozarlos hoy gritándoles (desde el auto, por las dudas): "¡Ey, Martínez, poné ahora en tu currículum que me reventaste la paraguayita azul cuando íbamos a segundo grado, a ver si así conseguís laburo, hijo de remil putas!".

* El especulador: El peor adversario posible. Hasta los tres forros anteriores eran preferibles. El especulador jamás arriesgaba. A veces el aburrimiento y la desolación de las siestas no dejaban más remedio que jugar con él, pero su estilo huidizo convertía a la partida en un bodrio insalvable.
Su estrategia era hacer un largo, larguísimo rodeo, manteniendo su bolita siempre lejos de la tuya. Un "round de estudio" que podía durar horas si el espacio de juego era un patio grande u otro predio amplio. Tengo amigos obstinados, de esos que no ceden un empate así nomás, que todavía están en el fondo de alguna escuela intentando acorralar la bolita de uno de estos guachos.

* El croto con guita: Ser croto era tener pésima puntería. El croto de familia con nivel económico bueno para arriba, era una papa codiciada. Jugar con él era la posibilidad de incrementar con seguridad el patrimonio boliteril de uno. A su vez, el croto no era consciente de su crotez, por lo que atribuía sus derrotas sólo a la mala suerte.
Estaban condenados a que nadie quisiera jugar con ellos más que a las bolitas. Era común en estos casos que sus padres tarde o temprano aparecieran para defenderlos y no tanto: "Flor de abusadores son ustedes, eh -nos puteaban al grupo-. ¿Por qué no juegan al fulbito o a otra cosa con Carlitos?¿No ven que el pobre pelotudo no tiene chanta?".

* La desubicada: Casi no hay antecedentes, en la historia de la bolita, de nenas jugando. La participación femenina quedaba circunscripta a los partidos con hermanos en la vivienda familiar. Pero muy de tanto en tanto alguna rompía la regla, y se animaba a jugar con los vagos.
Lo terrible era que solían tener buena puntería, o la compensaban con estrategias muy acertadas. Además, uno jugaba nervioso, porque perder con una mina era más terrible que quedar en bolas en medio del acto por el Día de la Bandera.

* El forastero: De vez en cuando, al barrio o al colegio caía algún pibe nuevo. En las bolitas se jugaba su prestigio. Si era un chantudo, eso y su condición de forastero lo imbuían de un aura casi mística, como a esos vaqueros del far west que en las películas entraban al saloon pateando la puerta y pegándole un balazo a una mosca.
Pero si era un salame incapaz de pegarle a una vaca en un pasillo, jamás sería tratado con un mínimo de respeto.

* El capitalista: Niño deleznable, variante del croto con guita, que en lugar de jugar por su cuenta "financiaba" la participación de chantudos pobres, a quienes proveía de bolitas para que jugaran. Daban al jugador empleado una parte minoritaria de las bolitas ganadas. La venganza popular consistía en saquearlos de tanto en tanto.

* El anti-sistema: ¿Un romántico luchador contra el mundo instituido?¿Un boludo que sólo sabía ganar? Quién sabe. El caso es que quien formaba parte de este grupo no admitía perder. A lo sumo, se bancaba una primera derrota, pero ya se le empezaban a ver la cara de orto y las facciones desencajadas con la segunda y la tercera.
Si en el cuarto partido la cosa le pintaba mal de nuevo, los ojos se le enrojecían de repente y empezaba a patear todo el suelo, levantando polvo y puteando. Luego agarraba su bolita y salía corriendo.
 
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Comentarios   

 
0 #4 Anakin. 07-02-2011 01:34
No hay que ser tan pesimistas Hugo. A mi también me tocó desarmar rulemanes a martillazos para sustentar el vicio. Y la práctica me sacó una especie de sobrehueso sobre la uña del pulgar que me permitió destacarme como el "rompebolitas" del barrio.
Por supuesto después de que se mudó el hijo de putas del Nacho Martina, leyenda viviente de la bolita (en todas sus disciplinas). Era hijo de Gendarme y al viejo los trasladaron a Mendoza o algo asi. Se comentaba que una vez enterró en el patio algunas de las bolitas que nos ganaba a nosotros y una vez, llenos de valor entramos a la casa deshabitada (en esa epoca no se usurpaban las casas Fonavi) y después de llenar el patio de pozos encontramos 3 tarros de leche NIDO llenos de bolitas!!! (eramos 3, asi que era un platal de bolitas.. pormucho tiempo fuimos los Hugh Heffner de las bolitas!!).
Luego de ese hecho, el juego perdió interés para nosotros; no sé si fué la idea de tener mas que suficiente (no valia la pena jugar un Hoyito por dos paragüayitas mugrientas o con una linea de menos de 5 lecheritas..), o tal vez que nos haya llegado la carta de reclutamiento del Servicio Militar...
En fin, gracias por el recuerdo, Don Admin.
Saludos y a seguir para adelante.

También se podía con la bolilla de los desodorantes, era mas grande, pero mas liviana (mas distancia, pero menos golpe).
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0 #3 hugojf 05-02-2011 12:08
Barrio, padres gringos laburantes, mecánico, nunca entendieron la vital importancia de tener bolitas para jugar en la calle, solo eramos, con mi hermano, propietarios de balines de acero de los rulemanes,¡ imposible jugar con esas mierdas!, los amigos, negritos todos, nos recagaban ganando, nunca aprendí a tirar con precisión,nunca gané una puta japonesa, toda una carga síquica, que la estoy pagando hoy: descreo del Papa, odio a Arjona, lo quiero matar a Cohelo, soy adicto a las papas fritas gordas calientes, en fin ....por una bolitas del orto, ..loco,... no puede ser

A: Llevalo como puedas, porque no tiene cura. Nuestra total solidaridad.
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0 #2 Ramoncito 04-02-2011 01:21
Pensar que un tipo como Piaget empezó así sus teorías hace necesario rever las reglas que construíamos de chicos. De más grandecitos tuvieron muchos otros usos, desde decorar peceras hasta desbaratar una carga de La Montada en Córdoba o Rosario. Cuántas historias tienen las bolitas !
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0 #1 ADRIANA A. 03-02-2011 11:35
Qué buen recuerdo!!! Me declaro ser la " desubicada" en mis épocas!!! jajaja ; )
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