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El drama de Mario Jorge Cedrón, el hombre al que sus mujeres siempre dejaban después de que él levantaba el muro perimetral de la vivienda conyugal

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"Un mil ladrillos está a novecientos, más o menos, y no hablemo de un ladrillo de primera, eh, sino uno así nomás". Mario Jorge Cedrón pasa el mate y se le nota el arrepentimiento. "Disculpen, son cosas que a uno se le pegan y termina hablando siempre de lo mismo", explica mientras recibe el vaso de palo santo y comienza a servir otro amargo. Y después sí, charla sobre el clima y el desabastecimiento de aceite comestible.

Este hombre de 62 años, que ahora alquila una habitación en el Barrio San Cayetano, de Resistencia, carga con un curioso récord. Convivió en su vida con 31 mujeres. Todas tenían como característica común haber iniciado sus relaciones con él a poco de ser adjudicadas con viviendas Fonavi, y todas cortaron el vínculo con Mario Jorge tan pronto él les levantaba el muro perimetral de sus casas.

Cedrón, respetuoso de sus amores pasados, sostiene estar seguro de que ni siquiera hubo una cuestión de interés de por medio. "Es lo primero que me dicen cuando alguien se entera de mi historia: que me usaron. Y no, no señor. Le puedo jurar que no sé por qué cajeta en cuanto se terminaba el muro, comenzaban los quilombos en la relación y nos terminábamos mandando a la mierda. Obvio que el que se tenía que ir era yo, a una mujer no se le quita el techo", argumenta.

 

El principio

 

Cedrón comenzó su trayectoria concubineril y constructiva muy joven, a los 16 años, cuando su novia del pueblo natal -La Tigra, en el sudoeste chaqueño- lo instó a vivir juntos porque la madre de ella había quedado ciega, el padre había muerto unos años antes y hacía falta un hombre en la casa. Una casa que, por otra parte, ella y su mamá habían recibido del Estado algunos meses atrás. Mario Jorge se dio cuenta enseguida de que era el momento de crecer y empezar la parte seria de la existencia.

"La familia de ella y yo estábamos acostumbrados a la vida de campo, pero la casa estaba en la planta urbana del pueblo. Nos empezaron a robar ropa, herramientas, algunas gallinas. Me di cuenta de que el muro era una prioridad", recuerda.

Mario, que había conseguido trabajo en una desmotadora de algodón, se permitió pagar a un albañil de la localidad para que levantara las paredes. "Fíjese cómo eran las cosas que yo con un aguinaldo pude hacer todo", señala, con una sonrisa de chirle nostalgia.

Exactamente al día siguiente de finalizada la obra, Celia, su joven mujer, le notificó que daba por terminada la relación. "Me dijo que yo era muy frío, que no le hablaba, que estaba cansada de sacarme algodón de la camisa y los pantalones". Él prometió cambiar. Es más, se pasó toda esa noche hablándole a ella de cuanto tema se le cruzó por la cabeza: las perspectivas meteorológicas del verano incipiente, los paises en que habita el oso koala, por qué en la teoría relativista de Einstein la masa deja de ser constante como en la física newtoniana, cuáles eran las corrientes marinas frías y cálidas del océano Indico, y varios asuntos más.

Al amanecer, exhausto y disfónico, le preguntó si así estaba mejor la cosa, si se había ganado otra oportunidad. Ella dijo que no.

 

Tendencia nítida

 

Eran tiempos en que un hombre despreciado no podía quedarse en el mismo pueblo, porque las maledicencias de comadres y despenseros le destrozaban la dignidad. Así que Mario, cansado de tener que trompearse todos los días con alguien distinto, emigró.

La primera escala fue San Bernardo. Sus dolores quedaron tapados el día que se cruzó con la mirada turquesa de Katharina, una muchacha de ascendencia ucraniana que con una sonrisa podía tapar el universo y templar el viento norte. Mario se volvió un hombre mejor sólo por conquistarla. Se animó a cantar, escribió poemas horripilantes pero tiernos, descubrió la pasta de dientes. Ella aceptó.

La madre de la blanca muchacha obsequió a la pareja con una casa comprada en un barrio nuevo. Una habitación, una cocinita, un lavadero, el bañito y un terreno desolador. En realidad, el regalo era un ardid para alejar a Mario de su suegro, un gringo dislocado que soñaba con encontrar alguna excusa para descuartizarlo en la chacra.

Como prueba de su ejecutividad y dones para el esfuerzo, emprendió el muro. Pagó el trabajo con los pesos que le daba una pequeña carpintería que había montado cerca de la sede municipal. La noche del mismo día en que se puso el último ladrillo, ella le pidió hablar: "Amo a otro hombre".

"Eso sí que no tiene arreglo", le reconoció Mario, y se fue a cargar su ropa en una bolsa.

 

Sucesion diabólica

 

Cedrón ya no dejaría, a partir de allí, de ir hilvanando relaciones y muros, con consecuencias muy diversas. En Villa Angela prácticamente lo echaron de la ciudad diciéndole que era un perverso que disfrutaba con la infelicidad ajena. En Castelli fue condecorado por la delegación local de la Cámara de Ladrilleros y Afines.

Ya pasando los 40 años, la fulminante relación temporal entre la conclusión de los muros perimetrales y el punto final de sus convivencias amorosas era un dato claramente aprehendido. Lo que Mario Jorge seguía sin saber era a qué se debía ese increíble vínculo entre un epílogo y otro.

Igual, no necesitaba conocer las causas para intentar torcer la maldición de su destino. En una ocasión, enamorado de una huracanada morena en Barranqueras, se casó con ella bajo juramento de que nunca cercarían la casa, situada en el Barrio La Toma. Ella se rió, y aunque no entendió la solicitud dijo que aceptaba la condición. Fueron escandalosamente felices durante tres años y medio. Hasta que un 30 de enero, al volver de dos semanas de vacaciones en Mar del Tuyú, él sufrió un ataque de nervios al encontrarse con todo un muro rodeando el hogar. Entonces aparecieron los padres y hermanos de ella, para festejar la obra con la que habían decidido obsequiarlos y sorprenderlos, pensando en que cuando tuvieran hijos podrían jugar sin riesgos en el patio.

Mario no durmió esa noche, ni las cuatrro siguientes, hasta que creyó que finalmente el amor había destruido el maleficio. Salió feliz a comprar carne para un asado, y desde la bici vio, entre dos paraísos, a su mujer besándose desesperada con la chica que les vendía el dulce de mamón.

 

Fratachando olvidos

 

"Una vez también -recuerda moviendo en círculos la bombilla dentro de la yerba- me enamoré de una mujer en Vilelas, y entonces lo que hice fue, sin que ella me conociera, levantarle el muro de a poquito, por las madrugadas. Pensaba que si hacía eso antes de la relación, la cosa podía ser distinta. A los seis meses me presenté y le dije: 'Yo hice las paredes, quiero vivir con usted'. Ella me miró triste: 'Disculpe, no puedo, ayer volvió mi marido, quiere que lo intentemos de nuevo. Yo a usted lo veía en las noches haciendo el muro. No comprendía, pero me gustaba. Lo esperé mucho'".

Cedrón admite que cada vez se pregunta menos qué sentido tiene ese -aproximadamente- kilómetro y medio de muros en su vida. Reconoce también que ahora ya no contrata albañiles, sino que edifica siempre él mismo, con ladrillos de cuarta y materiales haciendo juego. Así nacen paredes pobres, emblemas de la decadencia, que conviven algunas horas con amores al tono.

"Pero nadie puede decir que no intenté", suspira mientras vuelve a cebar. La espumita humea y juega sobre la yerba nueva.

 

 

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Comentarios   

 
+1 #6 noemi 30-11-2013 15:01
si no fuera porque mi historia es tan triste como la de este hombre (me adjudicaron una casa fonavi en terreno propio que me descuentan de mi recibo de sueldo, y cuando me separé el hdp de mi ex no se quiso ir ni a palos asi que me quede sin casa y sigo pagando y nadie lo puede sacar de ahi) diria que es muy graciosa, pero no. Como halago puedo decir que me suena bien 'Dolinesca'

A: Nos pregunta Cedrón si podrías dejar tu número de celular.
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0 #5 peregrino 28-11-2013 10:30
Un ejemplo de perseverancia el tocayo. Se podrá decir cualquier cosa de él, menos que no lo intentó. Y es que a veces el destino es así, parece que se encarniza con uno. Pero lo que nos define no es el éxito, sino el modo de enfrentar el fracaso, y seguir adelante.
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0 #4 Ricardo Villalba 27-11-2013 17:50
M a e s t r o...
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+1 #3 Ferdinando 15-04-2012 05:56
Un capo de la ficción y la literatura el escritor.
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0 #2 Crisss 11-04-2012 10:05
No es necesario de una mujer para ser feliz. El debe haber aspirado lo inalcanzable, a las mujeres no hay que darles tanto amor porque se empachan. Lamentablemente es así.
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0 #1 peregrino 11-04-2012 06:02
Aaaaaaajjjajaja jajajajjjj, sublime, sublime!!! Yasduit Pepe se merece un incremento salarial!!!

A: No, en la negociación colectiva ya habíamos definido -en diciembre de 2008- un 15% para el quinquenio 2009-2013.
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