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Adabal Gutiérrez, el último ladrón con códigos

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Es muy frecuente que frente a robos y hurtos de características indignantes, los medios de comunicación y los ciudadanos difundan las noticias sobre esos episodios diciendo que fueron perpetrados por "ladrones sin códigos".

Volvió a suceder días atrás, cuando un delincuente le quitó dinero a una muchacha ciega, pero es habitual que la misma definición se aplique a chorizos que despojan de sus pocas pertenencias a jubilados que apenas subsisten con sus haberes de país bananero, a entidades de bien público que ayudan a chicos y adultos que batallan por salir de la pobreza o a mujeres solas que cargan sobre sus hombros la dura misión de sostener un hogar y darles un futuro a sus hijos con ingresos muy precarios.

Ahora bien, ¿hubo alguna vez ladrones con códigos? La respuesta es que sí. Esa especie en virtual extinción vive todavía en la memoria de nuestros mayores, y probablemente tenga a Adabal Gutiérrez como su único ejemplar aún con vida. El Negro Gutiérrez, como lo conocen en numerosos barrios de Resistencia, prefiere definirse como "un malandra sin maldad".

Los primeros pasos

Adabal es reacio a las entrevistas. "Me cansé de tanto reportaje en las comisarías", dice, mientras nos deja pasar a su casa de Villa Los Lirios, una vivienda pequeña, de tres ambientes, rodeada de un inmenso patio repleto de naranjos y chivatos.

La mañana huele a guisos gestándose en las casas vecinas y al agua jabonosa de las mujeres fregando. En una silleta de madera, Adabal se inclina sobre un pequeño fuego encendido entre ladrillos, y con una pava ennegrecida por los años nos sirve un mate amargo que incendia el paladar.

Llegamos a él por relatos de gente mayor, como los del escritor Chuñi Benite, quien alguna vez quiso publicar su biografía pero no lo pudo lograr porque el propio Adabal, en un descuido, le robó el manuscrito ya terminado. Lo vendió con otra pila de papeles y dos canillas de bronce en una chacarita. Con lo que cobró se compró una caja de cigarrillos Fontanares. "Las biografías son para viejos de mierda", justificó él cuando Benite lo corrió con un machete hasta Villa San Martín.

Con aquello se perdió buena parte de la historia de Adabal. Se sabe, de todos modos, que nació en Pampa de los Guanacos, y que ya de niño mostró un gran talento por apropiarse de lo que no era suyo. En la escuela rural a la que asistía, la maestra ya lo tenía tan marcado que en cada comienzo de año, los padres de Adabal debían pagar la cooperadora y además entregar varias remesas de lápices de colores, borradores, compases, transportadores y yo-yos a fin de compensar, con el paso de los meses, los objetos que el niño robaba a sus compañeritos en los recreos.

Ya por entonces Adabal mostraba que su dedicación al choreo no estaba desprovista de valores. Si abría una cartuchera y encontraba una docena completa de lápices, sólo robaba nueve, y dejaba las de los tres colores primarios. Luego, él se quedaba fuera del horario de clase para explicar a su lote de víctimas cómo podían formar todos los colores a partir del rojo, el azul y el amarillo. Recién después se iba a su casa con los cien o doscientos lápices conseguidos.

Dejar el pueblo atrás

Llegó la adolescencia, y a Adabal el amor le tajeó el alma. Se enamoró perdidamente de Luciana, la hija del almacenero del pueblo. Ella le correspondía, y los dos atrapaban con una dulce desesperación cada siesta cómplice en la cual perderse por el monte para aprender y reaprender que para el amor da lo mismo sábanas de seda que hojas de ñangapirí.

Adabal iba a los saltos en la secundaria, y el comisario lo tenía entre ceja y ceja, harto de encontrar detrás del bañito de los Gutiérrez todas las monturas, cacerolas, botas y radios que se perdían en la localidad.

Una tarde, entre labios y suspiros, Luciana se apartó un poco, se abanicó la fiebre de la ansiedad con las manos blancas, le apretó la mirada con sus ojos verdes y le dijo: "Papá dice que si seguís robándole las galletas de la tarde, no va a permitir que te siga viendo. Sabe que sos vos, porque ningún otro le dejaría a modo de reparación una bolsa de harina y algunos huevos". Adabal bajó la cabeza. "Por favor, dejá ya eso, él te va a dar un trabajo", pidió ella. Él no respondió, y cuando llegó la madrugada se fue a Resistencia. Nunca más volvió.

"A veces me pregunto si ella vivirá todavía, más vale", contesta ahora cuando se le pregunta por aquella muchacha de rizos morenos y piel de luna. Adabal tuvo muchas mujeres (todas robadas, claro) pero ningún amor, y fue sincero con esa circunstancia. Jamás convivió con alguno de sus romances. Todas fueron relaciones furtivas, pedazos de imágenes que pegaba en el álbum de los recuerdos de Luciana, intentando tapar las escenas originales con las tristes copias que iba cosechando. "El típico amor de pelotudo, que no te deja coger en paz", como había definido Benite en su obra inédita.

Nada es de nadie

Adabal es delgado y gris. Su cara parece tallada a cuchillo en un eucalipto, y el peinado con raya al costado, de tan engominado, pareciera haber sido pintado sobre el cuero cabelludo. Bajo la nariz, un bigote finito y lánguido. Las manos, de dedos largos, se mueven con la parsimonia de un arroyo de llanura. Sus 82 años suenan exagerados. El tabaco negro, el vino caliente y el amor talado no le hicieron mella, aunque él aclara: "Que alguien lleve la espalda derechita no significa que no tenga el corazon hecho curubicas en las plantas de los pieses".

No tiene empacho en admitir que sigue robando, aunque muy lejos de la frecuencia de otros tiempos. "Todo cambió, ya no es como antes. La gente por ahí se queja diciendo que los ladrones de los otros tiempos eran distintos y que los de ahora son peores, crueles al pedo, y es verdad, pero también es cierto que los robados tampoco son iguales. Ahora vos saltás una tapia y te encontrás con perros que parecen dragones, alarmas, cámaras, alambres electrificados, trampas para osos. De todo. Semejante artillería y uno lo único que quiere es llevarse del tendal una camisa de mierda", señala mientras ceba otro mate.

"¿Si robar está mal? Y, capazmente que sí -dice mientras el viento norte acaricia la tierra recién baldeada-. Pero se roba lo que es de alguien. ¿Y las cosas son de alguien?¿Pueden ser de alguien si ni la vida es nuestra? Para mí que lo único realmente de uno es su muerte. Por eso está tan mal matar. Uno no se puede meter con la muerte del otro, le tiene que dejar que sea como tiene que ser. Decidir la muerte de otro es un atrevimiento aberrante. Por eso Dios se cabreó tanto con Caín. Pero una cosa es la muerte y otra es un ventilador de pie".

 

Golpizas olvidadas

 

Por su oficio recibió tantas palizas que dice que a la mayoría las tiene olvidadas por completo. Con el tiempo, sin embargo, los mismos vecinos que lo perseguían o agredían fueron dándole otra valoración. Adabal, por ejemplo, confiesa que siempre tuvo una debilidad especial por las bicicletas recién compradas. "Debe ser que nunca los Reyes me dejaron la bici roja que yo pedía, no sé", desliza. Pero después de descuidar una de esas bicicletas, Adabal se las ingeniaba para hacer llegar al damnificado el dinero necesario para pagarse dos boletos de colectivo por día, durante tres semanas. "Después sí, lastimosamente el tipo ya se tenía que arreglar solo, porque a mí no me daba el cuero para seguir ayudando", explica.

Las anécdotas que se cuentan de él suman más historias atípicas: la casa a la que ingresó para llevarse un velador y en la que halló dos ancianos indigentes para los que luego trabajó gratis dos meses a fin de repararles los techos (aunque, por una cuestión de principios, conserva el velador); la joven estudiante a la que le robó en 1981 un teléfono fijo pero ocupándose luego de ir y volver con mensajes de sus padres, pedaleando entre Resistencia y Makallé; el sereno que se quedó dormido y al que le quitó su radio Splendid pero a cambio le dejó varias revistas D'artagnan; el poeta al que le birló un calentador a kerosén pero dejándole pistas sobre cómo hallar a una mujer hermosa que luego le rompió el corazón para inspirarle la etapa más brillante de su producción literaria.

El reconocimiento que Adabal percibe, lejos de gratificarlo, lo fastidia. "Se parece a tenerme lástima; que se vayan a cagar", dice. Los vecinos, se da cuenta él, le dejan bicicletas servidas, sugestivamente sin candados ni ataduras, o apoyan en los alféizares de las ventanas pequeños equipos de audio y otros objetos que podrían ser embolsados sin mayor esfuerzo. Por eso Adabal roba cada vez menos. Y cuando lo hace, se aleja de su zona.

En las noches tibias, cuando la madrugada se acerca con un peligroso aroma a ñangapirí, se interna por barrios lejanos, matando a puchos el cansancio, maldiciendo la marea de ladridos que sube a su paso y manoteando la linternita en el bolsillo.

 

 

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Comentarios   

 
0 #8 Patricia Bazán Zárate 04-04-2014 07:38
Realmente una nota nostalgiosa... Y quién sabe si dentro de todo, no será una realidad? Hermosa...
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+1 #7 Celestita 10-09-2012 01:27
Guaaaaaaaaa!!! Yo que quería desencajarme la mandícula con una nota de humor y se me piantó un lagrimón.
No es que los chorros ya no son lo que eran antes, es que nos enseñaron mal la definición nuestros viejos. Un tipo que te roba una radio es un pobre tipo. Un director financiero internacional que especula con la hambruna de continentes enteros... ése es un chorro, un hijo de puta y un psicópata (Fuente: "¿Es usted un psicópata?", Jon Ronson, Ediciones B)

A: Por eso, ¡Adabal presidente!
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+1 #6 Ramoncito 07-09-2012 07:52
Sorry, me olvidé de los chorizos Con Códigos "de descuento de haberes" que pululan, cual luciérnagas fragorosas de la noche, por el Viejo Banco del Chaco ...

Hoy ando poético, Admin, disculpe. Me acabo de enamorar de mi esposa perdidamente ...

A: Cuidado, Monchi, eso puede terminar en cualquier cosa.
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+1 #5 Ramoncito 05-09-2012 16:45
Muy bueno, pero no estoy de acuerdo en un todo con Yasduit Pepe. Existen y sobran chorizos con Códigos en diferentes ámbitos.

Por ejemplo, uno de los más conocidos en todo el bajo, medio y alto ambiente de la Governmet House Of Chaco es José Licita Ción. Un prócer total el Sr. Ción, aunque su segundo nombre no sea acorde a la masculinidad del primero.
Nunca pierde una, es un winner total de todas las licitaciones de acueductos, gasoductos, pedoductos y todo lo que se les ocurra.

Otro ejemplo, en el ámbito municipal, es Carlos María Tenripio, un capo total en pintar al óleo (su arte desde la infancia) las órdenes de compra que ni Jacintovich se imaginara en su más tierna adolescencia, cuando todavía no era un pechoduro.

José Licita y Carlos María, ambos con segundos nombres muy femeninos bien puestos para evitar ser objetados actualmente por sus visionarios padres y madres, respetan los Códigos.

El secreto de su secreto accionar es un viejo y noble Código que respetan a rajatabla:

"Si cobraste y no repartís con los amigos sos boleta".

Ellos dos, como meros ejemplos, son de los tantos que cobran, truchan facturas y reparten ... reparten ... reparten ...

Sin embargo, quisiera 50.000 como los descriptos por Yasduit Pepe, perderíamos menos plata. O mejor aún, si los contratáramos para laburar para nosotros a los dos que acabo de describir, Estados Unidos ya sería una Provincia argentina.

A: Totalmente de acuerdo con vos.
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+2 #4 marco polo 05-09-2012 04:32
antes de empezar a leer el artículo uno pensaba encontrarse con una humorada, no con un lindo cuento, Felicitaciones! !!
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+1 #3 Sor Bito 04-09-2012 12:01
Qué poético, Yasduit. Acá medio que quisimos lagrimear en algunos tramos. Para cuándo el libro?

A: Dice Yasduit que todavía no se anima a leer ninguno.
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0 #2 letra brava 04-09-2012 11:32
Permítame disentir venerable Yasduit, pero en las hinchadas de los clubes de fútbol se mantiene el código de barras.
Con todo respeto.
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+3 #1 Rubén& 04-09-2012 07:13
"pero también es cierto que los robados tampoco son iguales". Hacés pensar, Yasduit. Ni chorizos ni choreados son los de antes, y no se puede negar que lo que tenemos ahora lo hicimos entre todos.
Por ejemplo, eligiendo, reeligiendo y tolerando gobernantes que roban cada vez más, por cuenta de extraños, en su propia zona. "Pero una cosa es la muerte y otra es un ventilador de pie". No se ceben, muchachos.
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