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La conmoción vivida en su momento en Villa San Juan por la llegada del Padre Lucho y su carismática austeridad

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En estos momentos, el mundo católico vive con una mezcla de entusiasmo y asombro la llegada del nuevo Papa, el argentino Jorge Bergoglio, quien no ha dejado de dar señales de proximidad con una feligresía que desde hace décadas demanda sencillez, austeridad, carisma y humanidad.

Sin embargo, en uno de los barrios más característicos de Resistencia, Villa San Juan, ese clima de sorpresa está atenuado por un antecedente que, a escala, reprodujo de manera similar lo que hoy presencia el planeta cuando mira al Vaticano. Ocurrió en  1984, cuando a la parroquia barrial llegó Luis Grabatasella, el Padre Lucho, para hacerse cargo de un espacio que hasta allí había sido ocupado por sacerdotes ultra ortodoxos y de pésimo humor.

Esta es la historia de aquel cambio radical vivido en el territorio del creador del realismo ñeri, el escritor Chuñi Benite.

 

Gestos fuertes

 

El propio Benite recuerda con precisión aquel momento. "Fue una bisagra lenta pal barrio", dice el literato, que añade que la llegada de Grabatasella y su estilo simple causó mayor impacto "porque llegó para reemplazar al Padre Justiniano, que los domingo predicaba 'dejá que los niño vengan a mí' pero de lune a vierne se cansaba de pinchar las pelota que caían al patio de la iglesia desde la canchita de al lado".

"Los pibe estaban tan acostumbrado al otro cura, que cuando llegó el Padre Lucho le recibieron pegándose tongo en la cabeza ello solo", recuerda el autor de "Reyite haora que te dentró asta la buseca" y de "Cien años empomando a Soledá".

El historiador villasanjuanino Padulensio Segovia agrega que los  vecinos "quedaron de inmediato cautivados por ese hombre de gesto adusto, gigantón, de manos inmensas, que sin embargo hablaba como uno más del barrio, al punto que en el Padrenuestro, en lugar de la versión más clásica, decía "el pan nuestro de cada día dánole hoy, si total qué te cuesta", y "no no dejes caer en la tentación, a menos que la mina esté muy buena".

Segovia rememora que además "el nuevo párroco tuvo gestos muy fuertes de austeridad. De inmediato dispuso que para los desayunos y las meriendas de la iglesia ya no iban a comprarse más las galletitas Melba que consumían sus antecesores, sino las Maná, que todos sabemos que son más aburridas que album fotográfico de tía".

 

La voz del pueblo

 

En los sermones dominicales aparecieron de inmediato las señales de un nuevo estilo. "Se enllenaba la iglesia, al punto que si vó te quería tirar un pedo tenía que salí al patio, porque adentro no cabía", exagera Benite.

Uno de los almaceneros más antiguos del barrio, Nicolás Mackarchuk, certifica el dato. "Así se juntaba la gente para la misa -dice juntando en capullo los dedos de la mano derecha-. Algunos decían que era por su manera sencilla de interpretar la Biblia, otros por abordar temas cotidianos y prácticos en sus sermones. Yo y mis hermanos íbamos porque los primeros veinte minutos siempre contaba cuentos verdes", dice.

El párroco, por otra parte, no se pasaba la semana encerrado. "Era uno má, todo el tiempo pasaba por tu vereda, yendo a visitar a un enfermo, comprando mercadería para el comedor de la parroquia o yendo al quiosco a comprar la revista Libre", dice Benite.

Los chicos lo adoraban. "No sólo que no les pinchaba las pelos, sino que incluso jugaba con ellos. Le gustaba ir al arco. Se divertía como una criatura más, aunque era muy apasionado en el juego. Una vez, en un partido de adultos, al negro Domínguez le quebró la tibia en ocho partes al salir a frenarlo en un mano a mano", admite Segovia. "Domínguez quedó rengo para siempre jio jio jioooooo", acota Benite.

 

Conservadores al acecho

 

El Padre Lucho no quitó el pie del acelerador. Los cambios aparecían uno detrás de otro. Los domingos de lluvia, en vez de hostias daba pequeñas tortas fritas; en Semana Santa la parroquia vendía chorizos con formas de sardinas; los sujetos más reos del barrio podían pagar sus faltas rezando avemarías o usando desodorante; había moratorias con quitas de hasta el 40% en los siete pecados capitales; el pesebre viviente de diciembre del '85 fue todo con personajes de La Guerra de las Galaxias, para regocijo de la purretada; mediante un canje publicitario el sermón sobre la Ultima Cena permitió que decenas de familias recibieran tetras de Talacasto gratis; en un Vía Crucis los soldados romanos reventaban al Cristo a chupitazos de agua y todo terminó con un gran jaleo de cumbia y aerosoles de espuma.

Al mismo tiempo, el sacerdote bajaba un mensaje permanente de desprendimiento y solidaridad. Era habitual escucharle decir: "El que come y no convida, tiene un sapo en la barriga. Pero sobre todo, es un tremendo turro".

"Le podemos dar mil vueltas, pero el que tiene mucho, a alguien, de alguna forma, se lo afana. Y ese alguien casi seguro que se caga de hambre o de angustia. Así que a los garcas les digo: no me vengan con boludeces. Que acá los domingos pongan cara de buenos y coloquen las manos sobre las rodillas para escucharme no resuelve que el resto de la semana se la pasan cagando gente. Esto es como el fulbo: que uno vaya a los entrenamientos no significa que va a estar en el equipo", advertía.

Comenzaron a aparecer las primeras quejas. Siempre en voz baja, y circulando por las franjas más acomodadas de la villa. El cura era calificado de irrespetuoso, de raro, de nocivo, de tergiversador. Para colmo, casi al mismo tiempo, en un partido contra Villa Los Lirios, había festejado un penal atajado agarrándose la sotana, a la altura de los testículos, frente a la hinchada adversaria.

En 22 de junio de 1986, cuando el Padre Lucho convocó a una misa fuera de agenda para agradecer a Dios por el gol de Maradona a los ingleses, desde el Arzobispado de Resistencia llegó la notificación de su traslado a Pampa del Infierno.

A Villa San Juan llegó un nuevo párroco, que repuso la compra de las Melba y volvió a afilar la tijera de pinchar pelotas. Era un admirador del Padre Moya, aquel que en el Cine Teatro Obrero, de Villa del Carmen, echaba chicos de las canchitas del lugar disparándoles con un rifle de aire comprimido. Pero, eso sí, los Padrenuestros volvieron a ser impecables.

Del Padre Lucho no se supo más. Algunos viajeros solían contaban que a veces lo veían, en patas, más gordo, revolcándose en la tierra de las canchitas de Pampa. Eran flores de atajadas, decían.

 

 

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Comentarios   

 
0 #2 RAR 04-04-2013 17:05
Les pido algunas precisiones referidas al comportamiento del padre Lucho en la villa:
¿era hincha de San Lorenzo?
En los picados ¿que camiseta usaba?
Me surgieron algunas dudas teólogicas:
La Iglesia lo mandó castigado por sus graves pecados a Pampa del Infierno .
¿Ese lugar es la antesala del infierno?
Cuando el Papa habla del perdón, la reconciliación lo incluye al ex-párroco de Villa San Juan?
En caso de poder acceder al perdón ¿cual será la penitencia?

A: Aparentemente,
a) era de Atlanta,
b) jugaba con la camiseta de For Ever;
c) Pampa del Infierno no es la antesala del Hades, es el depósito de herramientas;
d) la reconciliación vaticana no lo incluye porque es para pecados cometidos hasta el 31 de diciembre de 1983;
e) aparentemente el castigo será mirar el bodrio "El mismo amor, la misma lluvia" todas las mañanas de su vida.
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0 #1 Cuervo Viejo 04-04-2013 15:06
Gracias por acordarse del Padre Moya, me lo imagino como Papa dando vueltas por la Plaza San Pedro y disparando a los fieles desde el Papamóvil Ese si que nos hubiera dejado bien representados a los argentinos carajo!!

A: Que Dios lo tenga en su gloria a Moya. Pero como encargado de limpiar los baños de las terminales de colectivos del Cielo.
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