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Contacto del tercer tipo en Villa Papelito

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Ya me enteré, Julián.
- ¬ŅDe qu√©?
Lo hac√≠a bien. Me miraba de una manera que hubiera logrado que desactivara mi determinaci√≥n si no fuera porque yo ya ten√≠a todo claro. Con la boca semiabierta, el labio inferior como colgando y los dedos de la mano derecha toc√°ndose por las yemas, mientras balanceaba la mu√Īeca, se qued√≥ algunos segundos con los ojos empuj√°ndome a la rendici√≥n.

Despu√©s me puse a pensar c√≥mo fue que √©l supo que yo ya sab√≠a. Porque me podr√≠a haber largado un ‚Äú¬Ņde qu√©?‚ÄĚ menos ampuloso, m√°s modesto, mejor camuflado, que me diera a entender que yo no pod√≠a haberme enterado m√°s que de una boludez. Sin embargo, con tanta electricidad en su reacci√≥n yo tuve la confirmaci√≥n -una m√°s- de que no estaba equivocado.

Quizás lo traicionó la tensión que lleva prendida en la solapa cualquier gran secreto cuando en él se nos va la vida. En ese momento se dio cuenta de que había dado un paso en falso, porque de golpe dejó de mirarme, volvió a concentrarse en la rueda y mientras acomodaba el parche insistió con otro tono de voz, forzadamente desentendido.
- ¬ŅDe qu√©, che?
- De que sos de otro planeta.

Cuando, por encima de la goma que reparaba, le pude ver los ojos, sent√≠ una especie de arrepentimiento. No un arrepentimiento total, devastador, sino uno de esos arrepentimientos grises que caen como una llovizna cuando decimos ‚Äúno te quiero m√°s, no s√© qu√© pas√≥, pero no te quiero m√°s‚ÄĚ. Los ojos estaban quietos, fijos en el parche, pero m√°s all√° de √©l, y a la vez era como si se movieran imparables, buscando una salida. Algo se sacud√≠a en √©l. Una tremenda m√°quina de nada que expulsaba en esa mirada un vapor de miedo.
- ¬ŅQu√©?

Lo largó sin convicción, sin encontrarle la modulación ni el volumen exactos, dudando de que ésa fuera la manera más eficaz de mostrarse después de la revelación. Me dio pena. La comisura izquierda de sus labios temblaba, y se quedó pálido.
- ¬ŅPens√°s que te voy a quemar, que de ac√° salgo corriendo a los diarios y a la NASA?¬ŅTe pens√°s que soy tan cagador?
- ¬ŅQu√© estuviste tomando, Coco?¬ŅAlconafta?

Yo sabía que la suya era una estrategia inevitable, pero aun así me provocó un cansancio anticipado y cierta desilusión saber que buscaría escabullirse así, paveando, descalificándome.
- Escuchame, Juli√°n: hag√°mosla corta. Vos sab√©s que yo no ser√≠a tan imb√©cil de largarme con algo as√≠ sin tener certezas. Vos mismo, cuando muri√≥ la vieja y te agradec√≠ que me ayudaras a que todo no se fuera al carajo, me preguntaste si te perdonar√≠a cualquier cosa, ¬Ņte acord√°s?
- No.
- Yo sí. Y vos también, yo sé que vos también.
- ¬ŅY qu√© mierda tiene que ver con la gansada que me tiraste reci√©n?
- Vos aprovechaste ese momento. Ojo, en el buen sentido. Querías saber qué resguardos tenías, hasta qué punto podías contar conmigo cuando se supiera todo. Bueno, yo ya sé todo, y ahora podés contar conmigo.

Me miró fijo. Parecía estar sopesando lo que haría. Se daba cuenta de que esa podía ser la mejor hora para confesarlo, pero también de que luego no habría retorno.
- Pod√©s contar conmigo, Juli√°n. Una vez te dije que eras como mi hermano, y no fue pensando en d√≥nde hab√≠as nacido. Cuando nos liquidaron la casa y hubo que venir ac√°, el √ļnico que no se borr√≥ fuiste vos. De eso tampoco me olvido.

Le puse mi mano en el hombro. Lo sentí más huesudo que antes. Bajó la cabeza, hizo un amague de continuar la negación, pero la voz se le puso muy grave y se le trabaron las primeras palabras. Tiró la rueda a un lado y, sentado en el piso como estaba, giró la cabeza hacia la derecha, mirando las hojas mustias de un helecho que crecía sin prometer nada junto a una de las enredaderas del patio. Bajó los brazos.
- ¬ŅY... te banc√°s eso?¬ŅVos te lo banc√°s, Coco?

Estaba a punto de llorar, o algo así. A mí, desde el estómago, me trepaba un gato por la garganta.
- Sos un boludo, sos. El que tendría que preguntar eso soy yo.
Nos reímos, con esas risas penosas de los amantes que se reencuentran cuando ya es imposible salvar algo, un domingo a la tarde, a esa hora en que la tristeza, puntualmente, sube como una marea hasta cubrirlo todo. Me acordé de la Negra, y lo bueno que hubiera sido que estuviera también allí. Aunque sea para estar, nada más.
- ¬ŅC√≥mo supiste?

Seguía mirando al helecho, y movía compulsivamente las dos piernas flexionadas y cruzadas una sobre otra, como si se abanicara con ellas.
- El a√Īo pasado Do√Īa Tuca me empez√≥ a llenar la cabeza con que no estaba muy claro c√≥mo hab√≠as aparecido en la familia, que a lo mejor eras un criminal pr√≥fugo, que a ella siempre le faltaba ropa del tendal...
- ¬°Esa vieja s√≠ que est√° al reverendo pedo todo el d√≠a! Hasta husmea en la vida sexual de los perros del barrio. ‚ÄúEl Cachilo anda afilando con la caniche de los Torres‚ÄĚ, me tir√≥ la otra vez.
- Al principio no le dí bola, pero después le encontré cosas razonables a tanta sospecha. Por ahí imaginaba que habías matado a alguien. Pero por necesidad, eh, o sin querer, qué se yo. Esas cosas que pasan. Fuera lo que fuera, tenía claro que tu pasado era un inmenso agujero.
- Pero te había dicho que era huérfano, que me vine a Resistencia desde Villa Guillermina. Dentro de todo, era una historia completa.
- Me fu√≠ ah√≠. Nunca hubo una familia Riendez, mucho menos una que atendiera un almac√©n. Te tendr√≠as que haber elegido un apellido m√°s com√ļn y una ciudad m√°s grande. A vos, con tu foto, no te ubicaba nadie.
- Bueno, pero podr√≠a ser un tipo con problemas y punto. Nacido en otra parte, con otro nombre, pero humano. Nadie piensa, ante el primer pelotudo sin documentos, que el tipo no naci√≥ en la galaxia, ¬Ņno?
- Te empec√© a vigilar. Me daba miedo por Titina. Ella es muy chiquita. Par√°, boludo, no pongas esa cara, ¬Ņqu√© quer√©s? ¬ŅQu√© sab√≠a yo de por qu√© te hab√≠as inventado todo eso? La noche que pasaron el partido con los b√ļlgaros me levant√© a tomar agua y la puerta de tu pieza estaba abierta. Eran como las tres de la ma√Īana. Tu cama estaba vac√≠a. Hab√≠a luz en el taller. Te v√≠ cuando largabas el rayito √©se por el dedo para soldar la bicicleta de Don G√≥mez. Casi me desmayo.
- Me hiciste acordar que lo tengo que ir a ver a Don Gómez. No me paga.
- Pará, Julián. No me terminás de confesar que en vez de bostero sos de Ríver. Esto es más jodido. Por lo menos completame la historia.

Ahí lo ví como sospechando que la había pifiado al aflojar tan rápido. Se frotó los tobillos, que se le asomaban entre las botamangas mugrientas de su pantalón de gabardina y unas alpargatas que alguna vez habían sido blancas.
- Si querés, Julián, si no te hace mal.
- Mirá... no sé... Que lo reparió...
- No cambia nada, te dejo solo, si quer√©s. ¬ŅHago mate?¬ŅTom√°s si hago?

No sé si lo mío era compasión o miedo. Creo que era miedo. Había tenido tan por seguro que él negaría todo que ahora no sabía qué hacer con esa verdad inmensa que se había instalado en el medio. Volvió a mirarme a los ojos.
- Es Kaomp, mi planeta. Por lo menos algo as√≠ sonar√≠a escrito en alg√ļn idioma de... de ac√°. Yo era bastante pendejo y era de los que pod√≠an subir a las naves. Es como un estatus eso, all√°. Los que pueden subir y los que no. Vinimos para ac√° y hubo un problema en la nave. No s√© qu√©, no nos dec√≠an. Y nos vinimos al carajo. Ca√≠mos cerca de Gato Colorado, en Santa Fe. Eramos treinta y siete, pero zafamos cinco. Cada uno fue por su lado. Cuando tu vieja me pill√≥ afan√°ndole ropa pens√≥ que era un necesitado m√°s. El resto lo sab√©s.
- ¬ŅY no piensan volver?¬ŅVos no pens√°s volver?
- No s√©. Con los dem√°s no hablo hace como un a√Īo. Se fueron muy lejos, y viste lo que cuesta una llamada internacional. En internet no s√© c√≥mo carajo rastrearlos.
- Pero ¬Ņno tienen aparatos especiales o poderes telequin√©sicos, digamos?
- ¬°Ja, ja! Mucha tele, Coco. Si te vas a Kaomp, vas a ver que la gente se para cara a cara y no se dice nada. Vos vas a pensar ‚Äúse est√°n comunicando mentalmente‚ÄĚ. ¬°Mentira, no tenemos un pedo para decirnos!
- Pero debe ser una sociedad s√ļper avanzada.
- No sé si será el cine de ficción o qué, pero para ustedes la ecuación es así: nave intergaláctica igual a sociedad hipercivilizada. Error. Allá lo explicamos con lo que, traducido, podría llamarse la Teoría del Culo.
- No me tomés el pelo, Julián, estábamos hablando bien.
- ¬°Te hablo en serio, salam√≠n! En s√≠ntesis, es esto: todo pasa de puro culo, y del modo que se le canta el culo al universo. Kaomp explora otras galaxias cag√°ndose en el tiempo y la distancia y sin necesidad de reventar la masa a la velocidad de la luz. ¬ŅSab√©s por qu√©?: de puro culo.
- Es un delirio, me parece que me querés desconcertar. Vos te estás burlando. Una especie de desquite, sí.
- ¬ŅSab√©s qui√©n les cag√≥ la vida a ustedes?
- Qué se yo... Noé...
- A ustedes los recontrajodió el tipo que inventó la rueda. A partir de allí, no concibieron otra forma de conseguir las cosas que con más o menos fuerza, pero siempre con fuerza, y se creyeron geniales cada vez que lograban formas de esforzarse menos. La idea de la no fuerza, del esfuerzo cero, quedó perdida para siempre. Mala suerte. En Kaomp nadie inventó la rueda. El gran descubrimiento fue algo que jamás podrías entender. Encontramos el gran atajo que ustedes no vieron y que nunca más verán. Culo, puro culo.

Me descubr√≠ mir√°ndolo fijamente. Ahora todo en √©l adquir√≠a otra significaci√≥n. Sus ojos negros me resultaban extra√Īos, m√°s grandes de lo com√ļn. O llenos de un brillo sobrenatural. El bigote podr√≠a estar ocultando alguna atrocidad sobre la boca.
- Che, cortala con el examen. Me siento un monstruo de historieta.
Revisé su queja y me corrió un estremecimiento por el estómago.
- ¡Te prohíbo que me leas la mente, Julián!¡Te lo recontraprohíbo!
Largó una carcajada.
- ¬°Leer mentes!¬ŅY qu√© m√°s te pens√°s que puedo hacer?¬ŅViajar en el tiempo?¬ŅResucitar muertos?¬ŅVivir adentro de los ri√Īones de una mina?
- Mir√°, vos presentalo como quieras, pero ac√° es evidente que el que tiene poderes superiores sos vos.
- ¬°Afloj√°, Coco!
- ¬ŅY qu√© es entonces el rayito del dedo?¬ŅUn efecto secundario de tu pasi√≥n por los alfajores? El rayito es poder, Juli√°n, no te hag√°s el que no entend√©s eso.
- ¬ŅY para qu√© me sirve?
- Te podría servir para no estar arreglando bicicletas.
- ¬ŅAh s√≠?¬ŅY para qu√© otra cosa, por ejemplo?
- Qué se yo.
- Yo tampoco s√©. Porque no hay trabajos para personas "con rayitos en el dedo". El √ļnico que se me ocurre es cobayo de tus quer√≠dos cong√©neres norteamericanos, o los rusos, o los chinos, o quien sea. ¬ŅA vos se te ocurre otro?¬ŅPens√°s, boludo, que yo podr√≠a vivir en paz si salgo a mostrar lo que soy?

Se puso colorado. Empezaba a anochecer. Durante la siesta había llovido un poco, y el atardecer era rosado y repleto de lamentos de ranas. El aire olía a kerosén cociendo tortas fritas. En momentos así, yo deseaba que la noche cayera como un derrumbe y me arrastrara a cualquier parte.
- Pero... ¬Ņqu√© pens√°s hacer, entonces?
- No te entiendo.
- Vos no naciste para esto, quiero decir. No te podés bancar quedarte en este lugar para arreglar bicicletas y ayudar a un tipo a que su hermanita se rehabilite alguna vez de un derrame.
- ¬ŅY por qu√© no?
- Por lo que te digo, Juli√°n, vos naciste para otra cosa.
Se sonrió con pena.
- Es lo mismo que se dice toda la gente ac√° en la villa. Y se van muriendo en la misma de siempre, changueando, rascando el mango. Dici√©ndose ‚Äúa lo mejor el a√Īo que viene hago la pared de ladrillos‚ÄĚ...

Nos quedamos callados unos segundos y despu√©s nos abrazamos muy fuerte. Do√Īa Tuca se asom√≥ por el alambrado para husmear.
- ¡Ay, Dios mío!¡Lucrecia, vieras al Julián y al Coco abrazados como novios!
Julián me soltó despacio y se volvió a poner rojo.
- ¡Váyase al carajo, vieja pelotuda!¡Si se metiera un poco más en su casa no se le habrían ido dos maridos con las primas!
Ella acus√≥ el golpe. Parec√≠a que se retiraba, pero volvi√≥ para dar batalla, con los pu√Īos cerrados tom√°ndose el delantal que le cubr√≠a el vestido azul gastado.
- ¡No seas tan ordinario, Julián!¡Vos sabés que se fueron porque eran marineros!
- ¬ŅY la Rosa y la Marita que eran, entonces?¬ŅCarabelas?
- ¬°Manga de degenerados!
La vieja volvió a meterse en su casa, furiosa.

Nos reímos con ganas. Yo me fuí a preparar el mate.
En la cocina, mientras buscaba la yerba que hab√≠a puesto a secar cerca de la le√Īa por la ma√Īana, lo o√≠ putear porque se hab√≠a quedado sin parches.

 

.

 

Comentarios   

 
0 #5 El Marucho 16-09-2013 23:14
Otro m√°s. De primera, Yasduit. Otro m√°s para coleccionar. Saludos.
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+1 #4 Jorgito 07-09-2013 14:12
"...sino uno de esos arrepentimiento s grises que caen como una llovizna cuando decimos ‚Äúno te quiero m√°s, no s√© qu√© pas√≥, pero no te quiero m√°s‚ÄĚ.
Un grande Yasduit!!!
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+1 #3 Dario A.Segovia 28-08-2013 17:54
Genial...BORGES !!!
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+1 #2 Ruben& 28-08-2013 10:58
Maestro Yasduit, ¬°sos de otro planeta! (lo bueno es que adem√°s de escribir rebien, por el cepo no puede sacar de la √≥rbita terrestre los cuantiosos honorarios en d√≥lares que le paga AN, ¬Ņno, Admi?)

A: Jio jio jioooo. ¬°Gracias, Rubencho!
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+6 #1 peregrino 27-08-2013 14:10
Me qued√© sin palabras... ¬°Qu√© buena historia, qu√© bien contada! Gracias por entretenerme as√≠ el d√≠a. Ahora me dan ganas de volver a esta ma√Īana, cuando a√ļn no √©ntraba al sitio, para volver a disfrutar leyendo. Y reitero: ¬Ņpara cu√°ndo el libro?

A: Gracias, Pere. Un abrazo.
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