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La atormentada vida de Antonio Dominiano, el polémico "crítico de bebés"

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Antonio Félix Dominiano asegura que nunca imaginó el oficio central de su vida, y es fácil creerle. Durante casi cuarenta años pudo ganarse el sustento mediante un trabajo del que -seguramente- es el primer y último exponente: la crítica de bebés.

Sí, como se lee. Dominiano se dedicó de lleno a una actividad que le generó algunos reconocimientos y toneladas de rencores. Por razones fortuitas, miles de familias le pagaron para que les escribiera semblanzas y comentarios sobre sus niños de menos de dos años de edad, el límite infranqueable fijado por él mismo.

Lo más habitual era que su texto apareciera en la primera página del album de fotos del chico en cuestión, aunque también era muy común que el escrito acabara en el cesto de los residuos o escondido en lo más profundo de un ropero, a raíz de la indignación de padres que no tenían la capacidad de respetar las impresiones de Antonio.

De todos modos, no era difícil comprender esas reacciones. Dominiano hacía un culto de la franqueza, y no le temblaba el pulso al momento de ponerle la firma a sus redacciones.

Por eso, su anecdotario está superpoblado de relatos de agresiones verbales e incluso físicas por parte de muchos de sus clientes. Como aquel operador portuario que le bajó tres dientes por su texto sobre el primer bebé de la familia. "Efectista en sus escasas y penosas gracias, desprovisto de ángel, torpe como un arado de palo, rústico como poema de comisario. En definitiva, un ruidoso fracaso de eso que llamamos primera infancia", había escrito en el papel entregado a los progenitores del pequeño. Se despertó dos días después en el hospital.

Pero esos hechos, por curioso que parezca, no hacían más que alimentar su mito y arrimarle más y más interesados en contratar sus servicios. "Calculo que a todos se les generaba el interés por ver si sus hijos podían superar la vara, y además aprendí que ningún padre es capaz de aceptar que su niño es un reverendo papanatas, por lo que todos esperan que de su prole se digan solamente maravillas", dice Dominiano desde el ocaso de sus 88 años, refugiado en la casa descascarada que heredó de sus padres y abuelos en Villa San Juan, el inefable barrio de Resistencia.

 

Azares de la vida

 

Antonio nació en un área rural de La Rioja, en el invierno de 1926. A los catorce años llegó al Chaco. Su familia se instaló en el Departamento Bermejo, y todos trabajaron durante mucho tiempo para el Ingenio Azucarero Las Palmas. En 1970 llegaron a Resistencia.

Afectado por el trabajo en las zafras, Antonio soportaba un doloroso problema lumbar que nunca logró superar y del que, a lo sumo, obtenía periódicas treguas. Parecía un personaje de cine, de esos que a medida que envejecen no cambian, simplemente se tornan más grises. Alto y delgado, levemente encorvado, ojos estrechos y encerados con una extraña astucia, las manos de dedos largos y huesudos. Cuando quiso probar suerte como arquero del club Regional, el encargado de la división se rió de él: "Ahí necesitamos alguien que empuje al equipo, no un sepulturero".

Parco, de gestos extremadamente austeros, Antonio transmitía una sensación de fragilidad pero también de finura. Su primera crítica fue casual. Escribió algo dulce que ya ni recuerda en el album de fotos del hijo de 18 meses de un amigo, y dos familiares de éste, enternecidos con los conceptos, le pidieron que hiciera algo parecido con sus vástagos. Allí surgió el primer problema.

"Yo a estos dos nenes no los conocía, ni a las familias, así que me lo tomé como una responsabilidad. Les dije que tenía que ver un poco a los pibes primero, porque no podía escribir algo a ciegas, por compromiso nomás. Una de las criaturas era bastante simpática y tranquila, pero la otra era un crío insoportable, chillón, de un añito y pico", recuerda Antonio, como haciendo un esfuezo físico por arrastrar la historia hasta el presente. De ese texto sí se acuerda: "Nicolás: voluble, irritante, como sin encontrar el rumbo sobre lo que realmente quiere ser: si un niño con temple y carácter, o un simple imbécil cultor de la insatisfacción constante".

El padre del chico intentó tomarlo con humor, pero la madre y un tío golpearon al autor con un palo y una bolsa de mercaderías. Nacía la leyenda.

 

Tentando a la suerte

 

La fama de Dominiano se fue derramando lenta pero firme hacia otras barriadas. Las familias más acomodadas fueron las primeras en interesarse por buscar la aprobación de un personaje al que todos mencionaban como implacable. Antonio ya cobraba sus trabajos, pero la nueva demanda subió las tarifas, aunque las buenas pagas no le aflojaban la mano, por lo que no tardaron en aparecer incidentes y reclamos airados de devolución de los importes abonados.

Uno de los casos más conocidos fue el de un gerente del Banco Nación que le encomendó el prólogo del album fotográfico de su hija menor, de 14 meses. "Verán a continuación -dice la copia guardada por Antonio en su voluminoso archivo personal, que nos muestra con disimulado orgullo- las imágenes que retratan a Francesca, esa delicada muñeca de rulos de sol que al mirarnos nos salpica con brisas de mar".

El directivo bancario y su esposa lo leían en voz alta, ante otros familiares y Antonio, que acababa de entregarles la página escrita en su Lexicon. Se miraron regocijados. Las sonrisas se les torcieron con el párrafo final: "Más allá de lo antedicho, ningún bucle dorado podrá reemplazar, jamás, la carencia total de carisma, seguramente destrozado a manos de una malcrianza contaminada de consentimientos inusitados, así como el dinero nunca podrá sustituir al afecto bien encaminado".

Rápidamente, Antonio se iba convirtiendo en un personaje maldito. "Su trasero pide a los gritos la marca de algún cinturón que lo salve de la más atroz insufribilidad", escribió sobre un nieto del gobernador Basail. "Llamarlo bribón cloacal sería elevarlo a alturas de las que está a una distancia de aproximadamente 800 años luz", le dedicó al benjamín de un escribano que era dueño de media ciudad.

Las controversias no hacían más que llenarle el portoncito de su casa triste de gentes de todas las clases y pelajes que le rogaban un lugar en su agenda de "presenciamientos", como denominaba a los cuatro o cinco días que se tomaba para observar a los objetos de sus críticas. Jamás se agotaban aquellos que querían tentar a su suerte y confiaban en poder exhibir texto laudatorios firmados por la pluma más temible de la región.

Que no piense el lector que esos juicios bondadosos no existían. Eran minoría, pero los hubo, si bien en general se referían a niños simples, de barrio, criados entre barriletes hechos con papeles de diarios y triciclos usados por dos o más generaciones. "Jamás le confiaría la crítica de uno de mis hijos a un comunista que cree que sólo los paridos por el crotaje sonríen con luminosidad", dijo sobre él un obispo, que fiel a sus palabras prohibió terminantemente a sus amantes acudir al crítico.

 

La decadencia

 

La luz de Antonio comenzó a languidecer en los '80, cuando lo suyo simplemente dejó de interesar, y cayó en la agonía directa cuando la digitalización lo invadió todo e hizo desaparecer los tradicionales álbumes familiares. Con todo, de tanto en tanto aparecía alguna changa.

Pero el desastre total llegó en la curva del nuevo milenio. A sus setenta y pico, se enamoró de una joven de 28 que -para su propio asombro- le correspondió totalmente. Ella había enviudado trágicamente un año antes. De la relación trunca había quedado un pequeño de diecinueve meses.

Verónica, tal su nombre, se sorprendió con la historia de vida de Antonio. "Por favor, escribile algo a Yonatancito", le rogó. El ponía mil excusas, inventaba historias para dilatar las cosas, juraba haber olvidado el encargo, escondía la vieja máquina de escribir.

Hasta que un día no hubo forma de escapar.

El niño era insoportable, no había manera de decir algo agradable de él más que hablar de la remota esperanza de que en la adultez lograra convertirse en alguien totalmente distinto. No se sintió capaz de lastimar a la mujer que le había hecho crecer alas en la sangre.

Acorralado, se fue hacia las vías de la avenida Rodríguez Peña, cerca de la calle 15. El Belgrano Cargas apareció, moroso y contundente. El temblor apagó los gritos. Después sí, los alaridos se oyeron claramente, y los vecinos llegaron corriendo. Se lo llevaron urgente al hospital. Alguien se encargó de llevar también las dos manos.

Dominiano nos empuja el mate con uno de los muñones, y lo sorbemos lentamente para tener tiempo de ver qué le pasa a él con esta parte de su relato. Nos mira sin un gesto, pero adivinando, la mirada enredada en la bruma que exhala la pava. Verónica entra y deja un plato con más pastafrola. Le acaricia los cabellos blancos y revueltos, y vuelve a irse.

Afuera se oyen los pelotazos de Yonatan. Ahora sí Antonio nos mira, y se sonríe, se sonríe hasta que le desaparecen los ojos.

 

 

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Comentarios   

 
0 #7 Lola Llanos 27-08-2017 22:56
Menos mal que no vio' una foto mia de bebe'....a Dominiano no le hubiesen alcanzado los adjetivos
calificativos pa describir tanta fealdad junta!....Graci as ñeri por hacernos volar con la imaginacion!
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0 #6 Norberto 27-08-2017 13:55
Bellísima historia Don Chuñi
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0 #5 Adela 27-08-2017 13:46
Te amo más mi Chú...bellisimo !!!
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+3 #4 El Entrerriano 09-11-2015 15:35
Don Yasduit, un ralato pleno de belleza literaria, muchas gracias.
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+5 #3 LAURA 09-11-2015 14:36
"No se sintio capaz de lastimar a esa mujer que le habia hecho crecer alas en la sangre". Sencillamente genial.
Gracias por la magia una vez mas!
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+4 #2 peregrino 28-04-2014 14:49
Uno de esos relatos que me encantan, y que espero con ansiedad cada vez que entro a tu página. Gracias.
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+2 #1 Patricia Bazán Zárate 24-04-2014 08:45
Genio don Antonio! No cualquiera emite juicios veraces y descarnados acerca de un niño... Pero, la verdad, algunos se merecen más de un coscorrón!
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