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Habla el hombre que se casó con la mujer más celosa del mundo: "Pimpollín es un sol"

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"¿De qué están hablando?¿De nuestro matrimonio o de trolas que andan atrás tuyo?" La pregunta llega puntualmente cada diez minutos desde la habitación de la casa en la que hablamos con Steve Wood, el británico que acaba de casarse con quien los medios de todo el planeta llaman "la mujer más celosa del mundo".

"Nada, pimpollín, los señores sólo me están preguntando cómo nos conocimos y todo eso", responde Steve, con un tono sorprendentemente relajado. "¿Seguro?¡A mí no me tomás por pelotuda ni vos ni nadie, eh!", grita ella desde el cuarto. "Te juro, corazoncito, es todo sobre eso nomás", contesta Steve, que dirige el rostro hacia el pasillo que lleva a la habitación pero orienta los ojos hacia nosotros, con un gesto que parece pedirnos comprensión para con su esposa.

Hasta el Reino Unido llegamos atraídos por la historia, que nos cuesta descifrar si es más sorprendente por el lado de Debbie Wood, una celosa patológica que desconfía hasta de su propia sombra, o por el tolerante amor de Steve, que la soporta con una paciencia que por momentos hace que uno desee partirle el cráneo con la pesada silla de roble sobre la que estamos realizando la entrevista.

Llevamos ya media hora aquí, y podemos dar fe de que todo lo que han publicado los medios sobre Debbie es absolutamente cierto. Hemos visto, por ejemplo, la máquina detectora de mentiras con la que somete a un intenso interrogatorio a Steve cada vez que regresa a casa desde el trabajo o de su rutina de compras. También fuimos testigos de la insufrible cadena de preguntas que se inicia a partir de hechos insignificantes.

Por ejemplo, al llegar a la vivienda que ambos habitan, en Candem Town, uno de los barrios más pintorescos de Londres, debimos someternos a una humillante revisión por parte de la dueña de casa. "Disculpen, pero Debbie necesita constatar que ustedes son hombres", nos explicó Steve con su sonrisita de siempre, cuando ya su flamante cónyuge nos obligaba a bajarnos los pantalones y la ropa interior, manoteándonos los genitales con manos heladas. Steve la justificó incluso hasta cuando comenzó a jalar los miembros del fotógrafo y de este cronista: "Quiere asegurarse de que no son mujeres con prótesis", nos dijo, mientras nos ofrecía tazas de té con su amabilidad de alfeñique.

 

El corazón y sus razones

 

Luego de la incómoda inspección, Debbie se retiró al cuarto y Steve intentó descontracturar el momento con preguntas y comentarios obvios sobre la Argentina, las carnes rojas de nuestro país y las fintas de Messi. "¿Quién es Messi?¿Es el chico que juega al básquet o están hablando en clave sobre putas?", llega el grito interrogador. "Al fútbol juega, caramelín, nada por lo cual preocuparse", contesta Steve con su maldito buen talante.

-La pregunta que se hace mucha gente, por no decir todo el mundo, es qué mierda le vio usted a esta hija de puta.
-(Se ríe con una suave carcajada) Ya lo dije muchas veces, yo siento que todo esto vale la pena. Ella, les puedo asegurar, compensa con creces los pequeños inconvenientes que genera su enfermedad.

"¿Por qué tanta risa?¿Están viendo videos de atorrantas haciendo chanchadas con hombres casados?¡Ojito, eh, que voy y veo qué están haciendo?" La advertencia interrumpe a Steve, que levanta las cejas como queriendo contagiarnos su impresión de que la amenaza es otra simple picardía de su mujer. "Es brava, no voy a negarlooo", dice, como cantando, para tratar de darle gracia a la reflexión. "¿Brava quién?¿Se están tocando mirando fotos de putas en el celular?", brama Debbie. "No, mielcita, no", responde Steve. "A ver, vení", convoca ella.

Steve deja el sillón, apoya su té en la mesa ratona para irse luego hacia la habitación empujando la mesa con ruedas en la que está depositada la máquina de la verdad. Escuchamos con cierta dificultad el cuestionario de rigor. Steve vuelve y se acomoda nuevamente.

-¿Es así todo el tiempo?
-No, a veces se duerme. Eeehh... miren: yo no quiero que la juzguen mal. Pimpollín es un sol, pero eso es más fuerte que ella. Sin embargo yo sé que se le va a pasar. Es cuestión de que vaya pasando el tiempo y ella vea que puede confiar en mí.

La noticia de la boda la dio The Mirror, y desde entonces Steve es buscado por medios de todo el mundo. Angaú Noticias fue de los pocos que logró llegar a él. "Me gusta Argentina, nunca fui, pero se me ocurre que es un país lindo para conocer", nos dice. "¡Conocer Argentina, el país, no ninguna puta!", grito yo hacia adentro de la casa, adelantándome a los hechos. Del cuarto llega un resoplido de bestia al acecho.

Debbie padece el Sindrome de Otelo, una patología que la torna una exponente sin límites en materia de los celos enfermizos. No sólo somete al detector de mentiras a su marido luego de una salida de pocos minutos para ir al almacén, sino que también revisa absolutamente todos sus gastos, su cuenta de Facebook, su correo, su celular y sus ropas.

Como si con eso no fuera suficiente, el aspecto de ella es temible. Su cuerpo tiene un volumen tres veces superior al de Steve, y su postura se asemeja a la de un luchador de Sumo antropófago. La mirada es la misma que tendría un rinoceronte rabioso si un no vidente estuviera depilándole los testículos con una tenaza.

-Disculpe que vuelva a ser directo, pero ¿qué cajeta le vio?

-Hay un cantante, creo que es español, llamado Dyango, que lo dice todo en una canción tal cual se lo diría yo ante su pregunta: "Si la vieras con mis ojos como yo / de ternura harías todo lo peor / Si la vieras con mis ojos… / Tú también serías capaz… / De no cansarte de verla / sin mirar a las demás / ¡Verás amor! / Si la vieras con mis ojos".
-¿Cómo se conocieron?
-Por Facebook.
-¿Y cómo fue que decidió encontrarse con ella?¿No había puesto su foto o qué?
-Al contrario, lo primero que me atrajo fue su rostro. Su mirada noble, la curva de su sonrisa. Bah, la recta de su sonrisa, porque nunca se ríe. Pero en sus ojos hay un secreto que me encanta no poder develar jamás.
-¿Hubo conexión de inmediato cuando se vieron?
-Sí, totalmente. Ella me conectó un cross a la mandíbula y después, al toque, dos ganchos al hígado y finalmente me conectó un uppercut tremendo de izquierda. Decía que por sobre su hombro yo estaba mirando a una chica sentada detrás de ella en el bar en el que nos encontramos.

Debbie aparece en la sala. Nos mira con desprecio. Detras suyo aparece otro mastodonte similar, pero con más vidas destruidas sobre sus espaldas. "Son las seis, con mamá queremos ver", dice.

No entendemos, pero Steve se pone de pie. "Es un momentito nada más", nos dice, guiñando un ojo. Las dos mujeres nos empujan para arrodillarse frente al joven y desbrocharle el pantalón hasta dejarlo con el pene al aire. Ambas lo examinan con lupas de escolares. "Hay una rayita ahí, nena, fijate, no se ve si es un pelito o un raspón que se habrá dado el hijo de puta éste contra una cachuncha seca". La sonrisita de Steve, que no deja de mirarnos, es más nerviosa. "No, parece que es una marca del calzoncillo, má, pero voy a traer el encendedor para estar segura".

La incomodidad del momento es insostenible. Steve, que se sujeta la camisa con las manos para que la tela no tape su zona genital, tiene ahora el rostro rojo. Su suegra lo mira como si estuviera a punto de saltarle al cuello para despedazárselo a mordiscos. "Hable ahora, basura, si tiene algo para decir, o yo misma se la voy a cortar con la tapa de una lata de duraznos", le dice la mole. "Annie, no diga eso delante de las visitas, van a pensar que lo dice de verdad", musita él.

La bestia ahora dirige sus globos oculares hacia nosotros. "Todos ustedes son la misma mierda irredenta; a este inútil le di la flor de mis ojos, mi dulce Debbie, mi bomboncito de néctar, para que la desflore con sus instintos de cavernícola, y así lo pagan: pensando en rameras todo el tiempo".

Debbie llega desde la cocina, con un mechero del que sale una llama de unos veinte centímetros. La aproxima al miembro de Steve, que por reflejo quiere llevar el cuerpo hacia atrás. Su suegra lo obliga a enderezarse apoyándole un cuchillo descomunal en las costillas. La mujer más joven casi pone en contacto la llama con el glande de su marido. "Con el calor se le está borrando la línea, era nomás una marca de la ropa interior", dice ella. Steve nos sonríe con el rostro morado, los dientes castañeando y los ojos desbordado de lágrimas.

Los dos demonios se retiran. Steve se sube el cierre del pantalón con manos temblequeantes. "Pero no saben lo que le salen las tartas de atún...", nos dice, y se va, empapado, a buscar más té.

 

 

Artículo relacionado: Qué suerte que tienen algunos

 

Video sugerido por Steve:

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Comentarios   

 
0 #3 yomismo 25-02-2016 03:41
No me gusta el "nuevo" Chu...ha perdido "frescor" con su estilo "depurado"...
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0 #2 Gro 13-11-2014 18:29
Vaaaa no estoy seguro, pero creo que un parentezco con mi cuñada (mujer de mi hermano) ha de tener, no sólo en lo físico sino en lo psicopata... Me gustaría estar exagerando!! jejej
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+2 #1 El Entrerriano 12-11-2014 20:20
Y bue......... sarna con gusto no pica!!!, pero que razón tiene el refrán que dice "la naturaleza no perdona a los boludos"......s e ve que a este chico no le perdona nada.....
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