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Exclusivo: las 24 horas que definieron la separación de Angelina y Brad

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(Especial de Uendelov Fols Pepe, desde Los Angeles) - Probablemente sea la noticia del año en la liga más cotizada del espectáculo internacional, tanto que ni hace falta aclarar a cuál nos referimos. Pero lo que todavía se ignoraba hasta aquí eran los motivos de la separación entre Angelina Jolie y Brad Pitt.

Sin embargo, Angaú Noticias pudo reconstruir en detalle las 24 tormentosas horas finales de una relación que durante más de una década provocó la envidia de la fauna hollywoodense y de los mortales comunes de todo el planeta.

 

Una cena amarga

 

La jornada clave y definitoria fue la del domingo pasado. Fue una maratón de reproches, confesiones, sospechas lanzadas al rostro e intentos conciliatorios que mantuvo a ambos desvelados y al borde de un colapso.

El sábado, Angelina y Brad habían asistido a una cena benéfica realizada por amigos suyos para salvar al coatí bicéfalo congoleño, una especie que se encuentra en vías de extinción, ya que si bien todavía quedan unos 34 millones de ejemplares en todo el mundo, están enfrentados desde hace cinco años en una guerra fraticida por fanatismos religiosos. Una batalla final podría acabar con todos ellos en cualquier momento.

Durante la velada, el matrimonio Pitt ya se mostraba nervioso. Habían discutido antes por tonterías. Él se había enfadado porque su camisa azul no estaba planchada, y ella porque el baño de la planta baja llevaba dos días trancado -luego de una escatológica visita de Jim Carrey- sin que él se ocupara del tema.

En la cena compartieron la mesa con el presidente de la Asociación Enfriemos las Cosas entre los Coatíes (AECC), Mike Petersen; la esposa de éste; el director Francis Ford Coppola; una puta llevada por Coppola; el actor Mickey Rourke (o alguien parecido a él, pero nadie se animaba a preguntar); la cantante Mariah Carey (que llegó 45 minutos tarde porque no lograba abandonar la puerta giratoria de acceso al hotel Majestic, en el que se realizó la gala) y el doctor Ludwig Berhoeversen, el inventor de la vacuna contra la pelusa de ombligo.

Testigos dijeron que en las dos horas que los Pitt estuvieron en la reunión social mostraron semblantes serios y gestos ásperos entre sí. Brad parecía abstraído en su teléfono móvil, y Jolie -con la mirada perdida- jugueteaba con las flores del centro de mesa, una cuchara y un vibrador azul. De tanto en tanto ella escuchaba y respondía con monosílabos a los intentos de diálogo que planteaban Petersen y su esposa, y se incomodaba con los besos y manoseos de Coppola y su acompañante.

Cuarenta minutos antes de la medianoche, Pitt le dijo algo al oído y Angelina se levantó. "Nos vamos, este pelotudo está cansado", explicó ella dirigiendo la mirada a cada integrante de la mesa. "Pasa que la forra me viene inflando las bolas de una manera que ni se imaginan", dijo él. "¿Bolas, cuáles bolas?", retrucó ella. "Las que Jennifer me besaba como nadie", descerrajó él. "Ah, sí, la idiota que recién sospechó de lo nuestro cuando ya íbamos por la quinta adopción", devolvió Angelina.

Se fueron, y entre los comensales quedó flotando la idea de que en esa relación algo estaba haciendo ruido.

 

Madrugada feroz

 

Una vez en su inmensa habitación, las cosas no mejoraron. Brad volvió a preguntar por la camisa azul, y ante la falta de respuestas de su esposa, destrozó a puñetazos una artesanía maorí regalo de Jon Voight, el padre de Jolie. Ella, con una daga abrecartas, decabezó una jirafa de peluche que Pitt atesoraba porque era el único regalo materno que conservaba de su infancia.

Brad comenzó a beber ron. Jolie abrió con los dientes una caja de tinto Chivilcoy y también comenzó a libar. Estaban en silencio. Él de pie, mirando la noche a través de la ventana, ella en la cama, sentada contra el respaldo, la mano con la copa todo el tiempo cerca de la boca.

Ella, al fin, rompió el silencio. "¿Te estás comunicando de nuevo con la boludita?" Pitt siguió dándole la espalda, como si en el habitual paisaje de luces y negro firmamento encontrara nuevos elementos. "¿Sí o no?", insistió ella, con tono calmo pero hostil. "No me rompas las bolas", musitó Brad. "¿Sí o no?", desafió Angelina.

Hubo un silencio espeso. Él, siempre mirando a la nada, contestó: "Te dije que con ella había quedado una relación linda; y es eso, nada más". Jolie bebió lentamente de su copa. "Sí, supongo que por eso siempre te manda fotos mostrando ese culo de contadora pública que tiene", dijo al fin, sin levantar el tono de voz. Pitt giró bruscamente: "¿Me andás revisando el célu?¿Me lo revisás?¿A ese nivel caíste? ¡Jennifer jamás me hubiese hecho algo así!", bramó. Ella dejó el vino en el piso, junto a la cama, se tendió y se dispuso a dormir. "Claro, si lo hubiera hecho se hubiera enterado de que vivías con ella pero a mí me andabas dando más mandioca que paraguayo a la cacerola", deslizó antes de acomodar la almohada bajo su cabeza.

Él se puso furioso. "No, ahora nada de domir, ahora hablamos", planteó. Y lanzó lo que tenía atragantado: "Estoy podrido, podrido de vos, podrido de tu cara de salmón depresivo, podrido de los cuentos verdes y los pedos de tu viejo, podrido de pasarnos la mitad de la relación adoptando pibes, podrido de tener que aprender veinte idiomas para poder despertarlos a la mañana y servirles el desayuno, podrido de tus celos con Jenny, podrido de que con esos labios me des un beso y me quede la mitad de la jeta tapada con rouge... ¡Hasta me hiciste filmar esa poronga de película que escribiste y dirigiste vos! 'Frente al mar', qué pindonga de historia, por favorrrr! Ni la masacre de Oklahoma tuvo tan malas críticas".

Ella acusó los golpes. Brad quedó jadeando, en cierto modo arrepentido de la andanada, pero consciente de que era tarde para atenuar las cosas. Ella se dispuso a responder: "Perdoná lo de la película, me pareció que no te obligué a actuar en ella. Lo hice para ver si eras capaz de hacer una puta escena dramática sin poner esa cara de mandril con los huevos apretados que venís poniendo desde la escena culminante de 'Seven'. Pero está, disculpá el intento".

 

Ciénaga insalvable

 

Llegaron al amanecer sin dormir, lo más alejados posible que permitía la gigantesca cama. "Voy a despertar a los chicos", dijo Pitt, y agregó una maldición casi inaudible. Después de hacerlos levantar hablándoles trabajosamente en sus lenguas de origen, y de cumplir con unos ocho diferentes rituales diferentes (entre ellos el sacrificio de una cabra en tributo a Mdé Bangué, el Dios del Día), los chicos se sentaron a desayunar.

Angelina llegó a la galería en la que estaban todos. Los chicos la saludaron alegres, y la mañana pareció convertirse en una asamblea general de la ONU. "Está lindo el domingo como para ir a Madagascar o a Filipinas, así los nenes corren un poco", dijo ella tratando de mejorar el clima familiar. "No, mucho quilombo", desalentó él secamente. "O también podríamos hacer unos emparedados, comprar un pastel e ir a Afganistán a reclamar por la igualdad de géneros", tentó Angelina. No hubo respuesta alguna.

En el almuerzo la tensión se mantuvo. Brad masticaba su comida con algo de rabia. "Mirá que nunca le encontraste el punto a la buseca, eh; más dura que pindonga de marinero recién llegado al puerto", soltó. Ella evitó confrontar y simplemente ayudó a la pequeña Ho Chi Muan a colocar un bocado en su tenedor. "Así que cara de mandril asfixiado...", reflotó él. Angelina se acomodó el cabello con un mohín, e intentó suavizar lo dicho durante la madrugada: "Sí, pero bien, eh, con mucha convicción, fue una gran escena. Los mandriles siempre fueron actores de mucho carácter, muy respetados. No sé si te acordás del que hizo 'Ten', con Bo Derek. Muy grosso el tipo".

Pitt se sonrió con sarcasmo. "No te preocupes, no hace falta que hagas beneficencia conmigo. Es verdad, nunca fui un gran actor. Pero tampoco te creas que me sacás muchas vueltas, eh. La única ventaja que tenés es que tenés la boca tan grande que te tapa toda la jeta y entonces nadie sabe si estás actuando bien o mal".

Angelina arrojó sus utensilios al centro de la mesa y se retiró al cuarto. Los chicos se quedaron mirando paralizados a Brad, que trató de calmarlos y en todos los idiomas necesarios dijo: "No se preocupen, mamá y papá están teniendo una diferencia. Pero eso no significa que no nos queramos. Sólo los que se aman mucho se pueden odiar tanto como se están odiando ahora su papá y la recontraimbécil de mamá".

Todo se hundía en una ciénaga imposible de atravesar.

 

Noche de ruptura

 

El anochecer llegó para acabar de oscurecer los ánimos. Los chicos, que se habían pasado la tarde en el parque tratando -sin éxito- de entenderse como para compartir algún juego, habían regresado a la casa agotados y se echaron a dormir antes de las 20.

Brad, que se había pasado el día caminando como un león enjaulado por la inmensa sala de la planta baja, subió a la habitación, donde Angelina fumaba con la lentitud de un oso perezoso. "¿Qué hacemos?", preguntó él con los brazos en jarra y haciendo bailar la rodilla derecha en un vaivén sin fin. "Yo me iría a lo de mamá -contestó Angelina con ese tono funesto que le aparecía en las tardes de domingo-, pero sabés que mamá murió cuando yo era niña".

Él se irritó con la respuesta, un recurso habitual de ella cuando quería lograr un porción de misericordia en medio de una discusión. "Esto así no va", dijo. Angelina dio una larga pitada entrecerrando los ojos. "¿Hay otra?", preguntó. "No, la misma de siempre, jio jio jioooooooooooo", se rió con ganas él. Angelina lo miró con ojos gélidos. Él se disculpó por la broma, carraspeó y volvió a ponerse serio. Pero enseguida se rió nuevamente a rienda suelta al recordar el chiste. Finalmente, retornó al gesto adusto.

"Acá nadie está preso -arrancó ella apagando el cigarrillo sobre la mesita de caoba junto a la cama-. Si te querés ir, andate. Andá con el pelotudo de Clooney, que se cree que todavía tiene 19. Salgan los dos a tumbarse minitas. O regresá con la boludaza, que a lo mejor vuelven a rodar Friends y te consigue un bolo ahí. Que no te den una escena de llorar nomás, porque viste lo que te pasa..."

Era guerra declarada. Ya ninguno de los dos tenía intenciones de salvar nada. "Lo que me pasa -abarajó él- es que quiero andar en patas por casa y mirar tranquilo la tele sin tener que estar todos los días metido en pelotudeces sin destino como la campaña para terminar con el hambre en Africa, con la violencia en los Estados Unidos, con el racismo en Europa, con el onanismo en Japón... Es un embole. ¡Sólo falta que nos embarquemos en terminar con el tabaquismo en Katmandú o con la corrupción en Argentina! Y después querés que encima, ¡encima!, arregle el baño de abajo".

"Andate -Angelina encendió un nuevo cigarrillo-. Dejame las llaves del portón, que las mías se traban. Ah, y la guita que te di para pagar el videocable, que ayer volvieron a lllamar o nos cortan. Y volá. Te me colgaste de las tetas y ahora te creés que valés algo solo. Listo, ok, andá y hacé la tuya. Andá y seguí filmando boludeces, con esos guiones todo armados para que vos en alguna parte salgas apretando los dientecitos y pongas carita de 'ay, chicas, ámenme que soy re pero re lindo y además me la doy de comprometido'. Volá".

"Sos tan forra -Brad tenía los ojos apretados de ira-. Me duele por los chicos, por Ho Chi Muan, que es tan chiquita, por Hongú Benté, que es tan cariñoso, por Tai Na... Tai Mei.. No, ¿Tai cuánto era la otra nena, la de los rulitos? Bueno, por ellos y los demás me duele".

Brad abrió el descomunal vestidor, bajó una valija gris y cargó prendas casi al azar, velozmente. Luego encaró a la puerta de la habitación. Antes de cerrarla, la miró buscando transmitir toda su frustración, su dolor y su tristeza. "Estos doce años no merecían este final", dijo él. Ella lo miró con más frialdad que en las previas. "Otra vez te está saliendo la del mandril", dijo, y se giró en la cama antes del portazo.

 

 

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