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Chuñi Benite: una Navidad con algunos incidentes y luna finita

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Cuando en la Redacción de Angaú Noticias el Jefe de Contenidos Emotivos me encomentó llevar a cabo su idea de "armar una cosa medio sensible" con la Nochebuena del literato Chuñi Benite y su núcleo familiar, que mezclase el tono de la revista "¡Hola!" con el de la ya desaparecida "Siete Días", el asunto -lo confieso- no me entusiasmó demasiado. Primero, porque la misión implicaba pasar el festejo navideño sin mis seres queridos. En segundo lugar, porque no tengo de Benite un concepto estimulante.

Es que crecí en Villa San Juan, y aunque mis padres vivían en aquellos tiempos en una casa situada a dos cuadras de la del escritor, mis incursiones con otros niños solían llevarme al territorio del artista. Y la verdad es que los recuerdos en los que él aparece son neutros o directamente ingratos.

Nos cagaba a tongos si nos pillaba en las veredas celebrando Halloween; si se metía a jugar con nosotros en la canchita de calle 13 nos lustraba las canillas sin piedad con sus botines Sacachispas si eso era necesario para quitarnos la pelota; y la "convidadita" que nos pedía si nos veía con un helado La Porteña en las manos implicaba que su descomunal boca de yacaré nos dejase apenas con un minúsculo resto del producto adherido a la varillita de madera.

Pero ya estoy aquí, y me sorprendo de ver que para esta casa parece no haber pasado el tiempo. Hasta los árboles aparentan no haber alterado sus dimensiones en cuarenta años. La vivienda continúa signada por sus paredes blancas e irregulares, con la puerta verde flanqueada por dos ventanitas del mismo color que miran hacia un patio amplio con suelo de tierra. Se nota que lo han regado más temprano, y ahora el aire tiene esa fragancia de vapor y polvo que corretea entre mangos, naranjas, chivatos y un limonero.

 

El arranque

 

Para Benite sí que pasó el tiempo. Su aspecto rústico y rapaz se acomodó hasta quedar cubierto por una imagen de desgastada astucia. "¿Quién cajeta es?", veo que le pregunta a Yolanda, su esposa, cuando sale del baño que está a unos seis metros de la casa, fregándose los pocos cabellos con una toalla de color indefinido. Se refiere a mí, que sin esperar a que ella lo ilustre me acerco y le extiendo la mano mientras me presento. El literato me saluda con un gesto de pretendida satisfacción que sin embargo resulta deslucido y agrio. Sus dedos se cierran ásperos y desinteresados sobre los míos en un apretón chirle.

Benite se acomoda la toalla de tal modo que cuelga desde su cuello hacia los pectorales bombardeados por los años. Tiene el torso desnudo, mostrando una zona abdominal peluda y relajada. Luego, una sunga con los colores de Chaco For Ever y unas alpargatas grises que fueron blancas.

"Dale, vestite, que van a empezar a llegar las gente", lo apura Yolanda, que se ve madura pero firme, metida dentro de un vestido rojo con flores blancas que destaca sus pechos bajo la boca carmesí y la mirada penetrante. "Acomodesé, vino temprano pero ya van a venir los demá", me invita, señalándome a una de las aproximadamente cuarenta sillas que rodean a los tablones que un instante antes ella cubrió con manteles de papel madera.

Los dos se van hacia el interior de la casa, y quedo a solas con el calor que a las siete de la tarde sigue quemando, avivado por la parrilla que oigo crepitar en un costado del patio que no logro ver desde donde estoy parado. Voy hasta allí, y encuentro a Dalmacio "Ñacaniná" Alvarez, fotógrafo y vendedor de pollos. Con la tapa de una olla lanza ráfagas de aire para que el fuego abrace a los carbones que luego acomodará bajo la rejilla metálica. Alvarez apantalla media docena de veces y luego bebe de una lata de aceite para automóviles que convirtió en vaso térmico. Me mira con ojos vidriosos, y el sólo hecho de girar 45 grados la cabeza ya lo desestabiliza. Me dice algo o eructa (no logro descifrar cuál es la opción correcta), y me convida el envase. El vino casi helado me provoca un intenso placer, así como el sonido de un gran trozo de hielo rebotando suave en el recipiente metálico.

"Lindo carbón", dice Alvarez, que tiene una camisa amarilla mangas cortas abierta por completo, como si quisiera presumir del sólido abdomen semiesférico que salta entre la tela y que, iluminado por las brasas, parece un sol en plena parición. La inmensa cabeza semeja en sí misma a una bestia aplastada que se mueve pesadamente y que acaba de salir a la superficie luego de estar sumergida en un lago de sudor. Y de repente, el mastodonte gimotea contenidamente y se friega la frente con el antebrazo.

"Ya el pelotudo llorando por la otra tetona de miércole". La voz rasgada de Benite llega desde atrás. Ahora lleva una camisa blanca mangas largas arremangada, que tapa hasta la mitad a unos pantalones de básquet de los Dolphins de Miami, dejando a la vista unas pantorrillas raquíticas y unos mocasines negros calzados sobre medias Topper anaranjadas. Conozco la historia. La mujer a la que se refiere el literato es nada menos que Máxima Zorreguieta, la reina de Holanda, con quien Alvarez tuvo un fulminante amorío durante el Mundial de Brasil. "Ya te cornió, ya eligió seguir con el otro pelotudo, mirá palante nomá y que San Puta se lo lleve", dice el artista mientras cachetea las espaldas de su amigo como si expulsar ese amor trunco fuera lo mismo que sacudir una lámina de catarro.

"Desde hoy le estoy mensajiando por Guasar, y me sale que leye pero no me escribe nada. Debe ser que el guampachata le tiene obligada a alejarse de mí vamoecí", dice Alvarez mirándonos alternativamente a Benite y a mí. Luego se manda todo el medio litro de vino que aún queda en la lata, y mientras parte del liquido baja por su mandíbula y su cuello, Benite vuelve a palmearlo, esta vez con delicadeza fraternal. "Asumile, juiste un mero ocjeto sesual", le susurra. Alvarez ahora sí se quiebra, y se lanza sobre la damajuana de "Talacasto Reserva Premiunc" para volver a servirse el elixir del olvido.

 

Localidades agotadas

 

El vino de Ñacaniná (pero creo que, principalmente, la temperatura de ese vino) me mantuvo un tiempo indeterminado junto a la parrilla, escuchando los relatos cadenciosos del fotopollero. Como si hubiesen aparecido de repente, veo que una incontable cantidad de patasmuslos ya se dora sobre las brasas. También de repente se hizo la noche, y con la misma prontitud se llenó el patio, que ahora está repleto de música y voces.

Apoyándome en el limonero y un paraíso sombrilla me asomo al sector de la mesa. Decenas de hombres y mujeres chacotean de pie o sentados, y una bandada de pendejos corretea rompiendo las bolas entre la concurrencia y las plantas, tirando cohetes debajo de las silletas del viejerío del barrio. Benite discute con Yolanda. Ambos se intercambian gestos enérgicos. Luego, el literato se dirige hacia donde estamos nosotros. Pasa junto a mí, furioso, y me giro para ir tras él. No me interesa tanto escuchar lo que dirá como reencontrarme con la lata mágica de Alvarez.

"¡¿Podé creer que la Yoli le invitó a las cachuncha triste de su samiga y a la milanesa de picho de mi suegra?!", descarga el escritor. "¿Milanesa de picho?", pregunto trabajosamente, con la lengua adormecida. "Puro nervio", me explica Ñacaniná, que le birló a una vieja de la calle 11 el andador geriátrico y así logra sostenerse para culminar su faena como parrillero.

En ese momento, una explosión de júbilo llega desde la civilización. Benite se asoma tras el limonero y se pega una trompada en el muslo. "¡Las serpiente de miércole, no te dije yo!", brama. Luego supe sus nombres: Solanch, Colo, Karolain y Mishel. "La más lerda andando en ojota le hace el nudo de la corbata a un ñandú mientra corre", acota Alvarez.

El bullicio se acerca a nosotros. Es Yolanda con ellas. "Acá estan los muchacho", dice. "¡Pero qué disen mis soleeeee, cada día má sermosa cheeee!", saluda Benite. A Alvarez le dan besos de aire, porque nadie se anima a rozar mejllas con él, ya definitivamente convertido en un bodoque pringoso que brilla en la penumbra.

El saludo entre Ñaca y Solanch es aún más frío. Había sido que tuvieron este año una historia de amor que no finalizó bien. "No sea rencorosa -interviene Benite-, si te bombió por todo lado, te usó la motito, le regalaste flor de celular, dormió un montón de tiempo en tu casa y se jue, sinifica que nunca jue tuyo". Ella se gira y se va. "Qué vacer, se nos murió el amor", dice Alvarez mirando con un aire de solemnidad a las que quedaron, antes de baldearse la garganta con otro largo trago. Yolanda mira a Benite como si quisiera apuñalarlo con los ojos. Todas se van.

"Qué ojete que le carga la Mishel", comenta Alvarez. "Dice la Yoli que va al ginásio", acota Benite. "Debe andar levantando armario con el culo entonce", reflexiona el hombre de los pollos. Luego, eructa con tanta intensidad que dos luciérnagas que rondaban el fuego caen en picada al suelo.

 

La cena

 

Llegó la hora de sentarse y comer. Me toca el honor de estar a la izquierda de Benite. A la derecha está Yoli. Veo a la distancia a Alvarez acercarse con una fuente repleta de carne. Y lo veo, como en cámara lenta, no lograr mantener la línea recta hacia la mesa. De a poco, como si un poderoso viento inaudible lo atacara de lado, su andar dibuja una diagonal hacia el portoncito que da a la calle, plantado entre dos tandas de alambrado. Ñaca gana velocidad en ese derrotero perdido, atraviesa el portón a toda puta y lo escuchamos caer de lleno en el agua de la cuneta. Como un héroe miserable, llego a ver cómo, aun teniendo la cabeza hundida en el lodo hediondo, intenta mantener las manos en alto para salvar a las piezas de pollo. Hasta que uno de los chicos que ven divertidos la escena salta sobre la bandeja, la hunde y vuelve a saltar hacia tierra firme para salvar -entre carcajaditas- sus sandalias.

Todos corren en auxilio de Alvarez, que emerge de la zanja como si fuera un monstruo de algún relato nórdico. Está cubierto de barro negro, restos de maleza y bolsas de plástico. Todavía sostiene la bandeja, a la que empieza a pasarle sus manos chorreantes en un intento por recuperar la comida cargada sobre ella. La gente le recomienda -más por asco que por piedad- que vaya a cambiarse y vuelva. Él se niega tenazmente. "En la puta vida dejé en banda una parrilla, ¡y ni usteden ni los cana puto me vanacer irme!", grita. Entre la máscara de barro y pastos, veo sus dientes de hipopótamo.

"¡Mamáaaa!", grita jubilosa en ese momento Yolanda. De un lustroso Ford Focus que acaba de detenerse frente a la casa desciende Jerónima, la suegra de Benite. Coqueta, espera a que su marido, Odolfio, le abra la puerta. Veo que Benite, que se quedó en el patio, sentado a la mesa, se arrima al alambrado y le da una indicación a Alvarez. El Ñaca se abre paso entre la concurrencia y abraza a la vieja. "¡Sabía que no no siba fallar!", dice. Jerónima forcejea como un ciervo atrapado en una trampa. Desde donde estoy, veo cómo agita los brazos, como patalean sus zapatos blancos, el estertor de su carterita dorada. Finalmente la despegan de Alvarez, totalmente embarrada. "¡Esto es cosa suya, esto es cosas suya!", grita Jerónima, el cogote al borde del estallido, señalando a Benite.

"Si tiene prueba veya a la justicia", contesta el literato desde el otro lado del alambrado. "Tamo podrido en este país de francotiradore mendiático que no ayudan al encuentro entre lo sargentino", agrega. Jerónima se le quiere ir al humo. Yoli y otros la contienen a medias. Nadie quiere embarrarse. Con las puntas de los dedos y algunas tacuaras la empujan hasta hacerla reingresar al coche, que se va enseguida.

Yolanda regresa a la mesa. Pese a todo, se la ve tranquila. Benite, que se esperaba lo peor, se aquieta al ver que parece dispuesta a minimizar lo ocurrido. "Por lo menos levantate a acomodarme la silla para que me siente", le pide ella amablemente. El literato se pone de pie, y allí recibe una patada en la entrepierna, tan poderosa que me hace recordar a los tiros libres de Roberto Carlos en sus años de oro en el Real Madrid. Después, otra vez muy calmada, Yoli va y se sienta con sus amigas.

 

El alba

 

En el patio, la cumbia suena dulce y batidora. El Ñaca me cuenta de la vez que en la casa de su madre hizo una habitación más para los chicos de Máxima y creía que todo lo que hacía falta para que ella se jugara por él y se vinviera a vivir a al Argentina estaba resuelto. "Qué boludo", dice para sí mismo, y volvemos a brindar. No está tan embarrado, o si lo está no huele tan mal. O si huele tan mal, el vino está más delicioso que antes y lo compensa.

Benite baila con la Yoli como si fuera a descuajeringarse. Es una especie de marioneta electrificada. Ella sí sabe, y se mueve con la sensualidad de un río. El Ruly, hijo de ambos, sale con la bicicleta roja que le trajo el Niño Dios, feliz, para pedalear entre los árboles y a subir y bajar la calle. Chuñi ha explicado durante la cena que hubiese querido comprar una bici así para cada pibe del barrio, pero que sólo llegó a las ocho unidades por culpa del cupo de la tarjeta de crédito de Jerónima. Los gurises que las ganaron en el sorteo improvisado antes de la sangría también cruzan la noche en todas direcciones.

El literato se nos acerca, exhausto, y se traga media lata. El cielo clarea. Hay una brisa que compensa el infierno del día. Algunos muchachos franelean entre los naranjos, y los viejos se arrinconan contra el tejido que da a la calle 12 para hablar de las solteronas y los divorciados. La Yoli habla con sus chicas. En el resto del mundo, los seres humanos comen, cogen, tararean una canción o duermen para soñar de nuevo con algo que era hermoso.

No siento mi cara. Me la toco, por las dudas. Todo está en su lugar. El flaco encargado de la música intenta desenredar el casete de Los Wawancó que se descajetó en el minicomponentes. Hay un silencio repentino sobre el que se rasca la espalda el viento tenue. Benite le da un beso en la frente a su madre. Después levanta la lata. "Feliz Navidá, papá", dice hacia la luna, que está finita, finita, como el ojo entreabierto de un niño.

 

 

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Comentarios   

 
0 #4 Eber 18-02-2017 08:59
Decir que el artículo es sublime es mentir por falta de adjetivo que describa su magnificencia.
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+2 #3 Rubén& 27-12-2016 22:21
"Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros
hombres, miente. Yo, que escribo para mí, no me
oculto la verdad. Digo: no temo descubrir, ante mí, lo
que oculto a los demás. Me atengo a una sola ley: no hay comercio entre lo que escribo y yo. Nadie vende, nadie miente. Nadie compra, nadie es engañado". Este texto de Andrés Rivera es lo que mejor describe el notable relato de Yasduit. Aplausos!

A: Cuando Yasduit se reintegre a AN luego de la suspensión por disturbios en estado de ebriedad, recibirá tu comentario. Gracias.
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+3 #2 el entrerriano 27-12-2016 21:16
Y tambien desde los pagos entrerrianos les deseo que el 2017 sea un excelente año mis queridos amigos!!!!!!

A: ¡Gracias por el aguante de siempre, y que viva Entre Ríos, carajo!
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+3 #1 el entrerriano 27-12-2016 21:16
Uno de los mejores articulos de angau noticias, me alegraron el dia.

Ahora, espermos que publiquen la produccion fotografica de tan magno evento.


A: Lamentablemente son fotos tomadas por el señor Álvarez. No hay nada en foco.
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