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¡La hora, referí! Por Rino Bianucci

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Se me presentó de golpe, quizás por los frecuentes casos de personas que se quedan para siempre en el infortunio de derrumbarse en el césped con la parca como visita ilustre,  sin tener consciencia del sonar de una ambulancia cínica e indiferente ni de la presencia de amigos entrañables que no aciertan si corresponden lágrimas, huir espantados o el asombro.

Creo que ha sonado el silbato, 64 y varios quemados y más de 55 años trabajando de patadura. Porque a la postre uno es eso: el mejor de los pataduras y el más feliz de los pataduras si bien es triste decirlo, un poquito triste, tristecito y nada más: nunca me dieron el Balón de Oro al Patadura porque ha habido quienes hicieron llorar a la pelota con mayor impiedad. En otras palabras o en palabras relacionadas con el arte (perdón a quienes les molesta el uso de esta palabra) que nos convoca: han sido más los matungos que el matungo que escribe.

Pero falta lo mejor de este juego: si está habitado por millones de fieles es porque no condena y somos todos inimputables. Quiero significar que jamás nos citarán a Comodoro Py por marrar tres penales en un mismo partido, por fallar un gol a puerta vacía, por convertir el tanto del año pero en contra o porque el balón se cruza al terreno vecino habitado por un mal bicho o una arpía. El fútbol, el juego, no es corrupto. Puede haber (hay) ventajeros y mafias y jugadores que se prestan a la inmoralidad, pero la carroña grande la manejan los de arriba, la Conmebol o FIFA como ingratos ejemplos. Como en todo, ¿no?

Hace tanto, tanto, pero lucen frescos los recuerdos de partidazos en casa de mi familia en un terreno de cuatro por seis metros. Diez, doce, quince pibes de no más de doce años amontonados, transpirados y felices en una doble disputa: por el fulbito en sí y por evitar que el balón huya por encima del alambrado que nos separaba de gente muy sencilla que cultivaba lo mejor para la vista y el olfato de ellos y nuestro: rosas, jazmines y margaritas. Pero a la pelota se le antojaba saltar el tejido para que suframos un rato o hasta el otro día. No había remedio: a pedirle permiso a una señora harta de ese ente de trapo, plástico, cuero o de cualquier cosa digna de recibir caricias o agravios,  según el intérprete.

Luego de interminables negociaciones volvía el balón, volvía la sonrisa, volvíamos a ser inocentes, volvía la mejor falopa. Como no sobraban pelotas, la única presentable era propiedad de Pichón pero había que convencer a sus padres. De nuevo marchaba un mediador a charlar con ellos y éste regresaba con Pichón, el esférico y el compromiso de que le ayudaríamos en las tareas escolares y sería satisfecho con una merienda completa. Trato hecho y la fiesta se extendía hasta el atardecer. No hubo día sin función.

Como el fútbol es la vida misma y no están exentos los pesares, penamos cuando uno de los pibes se quedó en el camino. La última imagen que de él perdura es aquella sentado en el portaequipaje de la bicicleta de su hermano y de espaldas al manubrio en el angosto trayecto que conducía a su precaria casa de adobe y techo de paja, un rancho para no andar con vueltas. Su adiós con nosotros fue su mano derecha en alto cuando le gritamos  ¡”chau, Juancho”!  A Juancho se lo llevó la tuberculosis, por entonces síntoma de pobreza y en este tiempo síntoma de pobreza.

Muchos crecimos con la pelota debajo de la cama, otros optaron por estudiar o trabajar y el resto, sin otras opciones, merodeaba los bares, la calle o con la noche como aliada, territorios próximos a pequeñas tentaciones. Los cercanos al balón arriesgábamos con el jueguito, el chanfle o la rosca, con tenerla con la cabeza y los pies hasta el día siguiente; con la volea, el caño, con el traslado, la bicicleta; el golpe de revés, ese mimo, como el segundo gol que nos convirtió Francia en el reciente Mundial.

Asistencia perfecta en los campeonatos de barrios y el salto a algún club de la ciudad capital. Pucha que “El sueño del pibe” te lleva lejos, a mil kilómetros casi siempre.  Hasta la “ciudad que no duerme” te conduce la ilusión, un ámbito lejano al pueblerino y sin los afectos entrañables. Muchos llegan, sortean obstáculos, se sostienen. La mayoría regresa sin la chica linda, el auto pipí cucú ni el plazo fijo para varias generaciones en un banco extranjero.

Y según pasan los años, bienvenidas las canas y los hijos y los nietos y demás obligaciones, pero el fulbito siempre se hace un lugar. El fulbito nunca pierde un partido, pues como un cerdo autoritario se instala en la agenda, no importan edad ni achaques. Pues claro que le pregunté a mi médico si era peligroso practicar más allá de los 60 años. Me contestó que sí, que una pequeña vena que pinche puede convocar a Átropos, una de esas viejas y mitológicas deidades a cargo de cortar el hilo de la vida cuando se le antoja. El doctor, un rato antes, me había comentado que a las 20 horas jugaban en el “Travesaño”. El galeno es un año mayor que yo pero inmortal, parece.

¿Si he conocido gente con el fútbol? Fueron miles. Muchas veces en el urbano, en la calle, en el cine, en un agasajo o en la peatonal de repente me cruzo con alguien y ese alguien, como yo, se detiene, se da vuelta y me halla en su misma condición: preguntándonos quién es ese tipo. ¿De dónde? De la cancha de los bancarios, del Offside, de la que linda con los no videntes, de la de los  telefónicos;  son tantas. “Sí, ya sé: de la canchita del Ferro, de ahí”. Recuerdos por un rato de cuando unos “suicidas” nos incendiábamos a las 15.30 con cuarenta grados en pleno enero.

Por eso la pregunta, casi un dilema: ¿puedo seguir con los fulbitos de los viernes con mis compañeros de trabajo? Antes de contestar, mis disculpas porque debo cambiar a mi nieta ya que su pañal no huele a señorita.

Otra pregunta, la definitiva:  ¿han percibido algo más encantador que la fragancia de un pequeño niño? Creo que comienza otro partidazo para mí, ya sin pataduras.

Rino Bianucci

 

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Comentarios   

 
0 #1 Federico Trangoni 19-11-2018 21:57
Inmejorable relato, mi amigo. Como siempre.
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