Angau Noticias

Domingo
09 de Agosto
Tamaño Texto
  • Aumentar fuente
  • Tamaño original
  • Reducir fuente
porn, porno
Inicio >> Varieté >> ¿Te estás volviendo un resentido? Fijate si no es tu caso

¿Te estás volviendo un resentido? Fijate si no es tu caso

E-mail Imprimir PDF
Share

Guarda, la sociedad de consumo, los modelos de belleza existentes y otros estadios de la e(in)volución humana podrían estar volviéndote un resentido. ¿Tenés miedo de que te esté pasando?¿Te considerás vacunado contra esa posibilidad? Fijate en las siguientes situaciones. Si no te sentís identificado, significa que recién vas a ser un resentido la semana que viene.

 

Hacés piruetas mentales para que no te joda el auto nuevo del vecino de enfrente. El tipo se compró un Honda SuperGaromp Powerful, y vos, en lugar de decir "¡güeeee, qué autazo!", hacés sólo tres comentarios cuando el tipo te lo muestra: "Qué lástima que le hicieron un diseño tan gay", "Leí que en este modelo los airbags saltan en cualquier momento y son venenosos" y "Se ve que tiene un problema de dirección, porque el otro día, cuando tu mujer se iba con tu hermano, vi que le costaba dominar el volante y él la tenía que ayudar", sabiendo perfectamente que el tipo es hijo único.

Te jode irremediablemente que un amigo se haya levantado a tu cuñada. Él te visitaba a vos, y de culo logró engancharse a la hermana de tu mujer, un tremendo pedazo de yegua que en cuanto la viste -el día en que, una pila de años atrás, tu jermu te llevó para presentarte a su familia- te hizo sentir que la vida te había engañado.

Encima, a partir de ahí se hizo olímpicamente la boluda cada vez que le hiciste bromas proponiéndole entrelíneas empomarse en cualquier telo o en el baldío más cercano. Pero de tanto en tanto te largaba un "Darío qué linda te queda esa camisa" que a vos te hacía imaginarla masturbándose con tu carné de conductor en la mano libre.

Pero no, había sido que ella no tenía fantasías con vos. Ni siquiera realidades tenía. Y fue así que se enlazó con el Rony, encima uno de los más pelotudos de tu barra de compinches. "Guarda con el vago, yo lo quiero mucho, pero me parece que es bi, una vez lo vi frotándose las matracas con el jefe de mantenimiento", le decís a ella. Y a él: "Gloria es buena mina; y además desde que se nos murió el Ringo aflojó bastante con la zoofilia".

No te bancás que tu mujer gane más que vos. Un día, dejaste de ser el macho proveedor. Al principio, con tu empleo de vendedor en la mercería bancabas todo en la casa, y tu mujer tenía que pedirte permiso (y plata) hasta para comprar broches para colgar la ropa (y vos, bien guacho, le hacías solicitar la operación por escrito, detallando por qué tenían que ser 24 broches y pidiendo que precisara cuáles prendas iban a ser sujetadas al tendal con la inversión).

Cuando los chicos estuvieron más grandes (y a vos ya no te dio el cuero ni la densidad espermatozoidal como para seguirla embarazando), ella consiguió un trabajito por las tardes en una zapatería. Todo el primer año te reíste de ella y su sueldito de morondanga en negro.

Para eso, todas las ocasiones te eran propicias. Por ejemplo, leías el diario y soltabas: "Mirá, en el Banco Gida dan créditos y piden un sueldo mínimo de 800 pesos. Yo gano 925, así que tendría que ir a ver. Vos no te preocupes, en cuanto vea que hay algo para los que ganan 350, te aviso".

Pero la vida es cruel, y ella fue haciendo méritos. De acomodar el depósito la pasaron a vendedora, después a cajera, después a encargada de los libros, y luego a gerente. Resultado: sueldo de 3.500 mangos. A vos en la mercería, con la excusa de que sin recorte había que cerrar, te dejaron el tuyo en 700. 

Ella empezó a llegar día por medio con alguna compra nueva para la casa, regalos para los chicos (de los buenos, no los autitos pedorros que vos adquirías en los "Todos por 2 pesos" y que entregabas tras un ególatra e insufrible juego de adivinanzas) y para vos (camisas o pantalones, no vertedores de jabón en polvo o repuestos para el escobillón). 

¿Tu comentario el día que ella llegó con la noticia de su último aumento?: "Me duele ver cómo te dejaste prostituir por el sistema".

Te brota la relación que tiene tu mejor amiga con su marido. Sos una mina que bastante sinceramente se alegra de los logros de tu mejor amiga. Pero te salen granos en la cara, en la nuca y en las pantorrillas cuando el marido de ella y el tuyo -que terminaron siendo amigos también- arreglan encuentros o salidas en común. Ver tanta armonía tan ajena, te vuelve absolutamente miserable. Incluso, hasta te parece que ella hace cosas sólo para disparar tu envidia hemorrágica.

Por ejemplo, van a una parrilla, y mientras esperan que el sistema de tenedor libre empiece a funcionar (lo cual, como se sabe, demora media hora, para incentivar a que uno se vaya llenando con pan y se baje una primera botella de tinto), ella y él se ponen a comerse las bocas, a abrazarse, a decirse cosas lindas. Vos decís "jaja, che, aflojen, parecen novios jio jio jio", pero en el fondo pensás: "Calienta de mierda, por qué no se van a un telo a reventarse, ¡en una parilla hay familias!".

Más contrastes:

El marido de ella está todo el tiempo atento a que el vaso de la mujer esté lleno. A tu marido tenés que tirarle un pan flauta por la jeta para que te arrime la botella y así te sirvas vos.

El otro se ocupa de cortar y entregarle las mejores partes de costillas y vacíos. El tuyo, cuando te distraés, te afana el pedacito bombón que venías guardando y te lo reemplaza por trozos de cebo frío descartados de su plato.

El de ella, cuando escucha que la jermu quiere ir al baño, llama al mozo y le pregunta "dónde está el toilette que la mujer más hermosa de la ciudad quiere pasar". El tuyo, le pregunta "dónde está el ñoba que acá la gorda ya se me está meando encima".

En definitiva, salís del puesto parrillero con la sensación de que toda la osamenta de una vaca te quedó clavada en medio de la garganta, mientras ves que ellos van abrazados hacia su coche y tu marido te dice "manejá vos", pero con su habitual gracia de decírtelo sin dejar de eructar, envolviéndote así en una nube que mezcla aromas cebollíferos y termidorescos.

Entonces, no es que seas mala, sino que la sociedad te lleva, al día siguiente, a comprar un chip por 5 mangos y empezar a mandarle mensajes de texto a ella diciéndole que el marido se encama todas las tardes con dos travestis que levanta en la Plaza España.

Y tú, oh, amigo/a, ¿qué otras situaciones y/o/u/a acciones de absoluto resentimiento conoces, practicas o padeces?

 

 

 

 

Comentarios   

 
0 #4 rubén001 21-05-2009 10:33
La mierda!!! Sólo angaú puede tener unos resentidos de lujo como ése "por culpa de la vida", no Admin?

ADMINISTRADOR: La vida misma es una resentida.
Citar
 
 
0 #3 d_iectorio 14-05-2009 12:26
Excelente nota y excelente el diario amigos.
Vivi unos años en el Chaco y tengo los mejores recuerdos.
Primera vez que leo el diario y la verdad es adictivo!!!
Gracias por regalarme un alegria en esta tarde.

ADMINISTRADOR: ¡La habrás pasado bomba de verdad para tener buenos recuerdos del Chaco! Gracias por tu comentario, y esperamos seguir viéndote por acá.
Citar
 
 
0 #2 Por culpa de la vida 13-05-2009 07:35
Cuando era chiquito vivía en Berisso, cerca de La Plata, en un barrio humilde que hoy podríamos llamar “villa” sin sonrojarnos. Para ser honesto, era una de esas villas que querían dejar de serlo, en la que las edificaciones empezaban con cuatro palos y terminaban con mampostería fina y hasta algún encofrado que prefiguraba el progreso familiar. A una cuadra de casa había una estafeta postal y un almacén que vendía de todo, y para cuando empecé a tener uso de razón unos coches sin patente habían reventado varias viviendas y se habían llevado a los dueños.

Mi condición no era la mejor para esa época: más bien paliducho y soñador, me movía en una selva de amiguitos morochos y mejor nutridos, diseñados genéticamente para la supervivencia del más apto. Cuando andábamos vagando parecíamos una manada de roedores en la que destacaba el ejemplar overo que siempre quedaba rezagado cuando había que huir, y siempre estaba de cara al mamporro cuando los demás retrocedían.

Con los años la familia progresó y, vaya salto, empecé la secundaria en un colegio alemán del que sólo podía salir los fines de semana. La relación cromática se había invertido: yo era el morochito (el criollo, digamos) y los otros eran unos gringos rozagantes, altivos y enormes como vikingos. También estaban mejor nutridos que yo y les fascinaba jugar conmigo al tiro al pichón. El pichón era yo.

Después de algunas idas y vueltas, con diecisiete recién cumplidos, en la lona y con una ensalada pigmentaria en el mate, encontré mi estanque: un ranchito en José León Suárez. Los pibes tenían una coloración intermedia, nutrición intermedia, reputación intermedia, y vivían con la libertad amenazada por una “bonaerense” que no terminaba de renovar sus cuadros dictatoriales y que con placer infinito se solazaba en la persecución y el homicidio. A pesar de eso y de otras cosas que no vienen al caso o que es mejor olvidar, estuve a uno o dos pasos de la felicidad.

Más tarde me fui a vivir a la Cordillera, supongo que por el aire puro, y después me vine al Chaco. En esos días descubrí que había cumplido trescientos años y que mi facilidad para el sarcasmo era la expresión cabal de un resentimiento con el que tendría que empezar a convivir, porque después de la segunda centuria se nos hace difícil modificar ciertas conductas.

En la ciudad de las esculturas me esperaba un grupito de esos que andan con carteles en los aeropuertos para identificar al recién llegado y que se inscriben en los programas de intercambio cultural para conocer gente nueva. Eran, supe otro día, los miembros más prominentes de un aquelarre que operaba a través de “células” que no tenían contacto entre sí: los Intelectuales del Acá, unos formidables usurpadores de frases célebres que se refregaban entre ellos y cultivaban, después de permanecer horas frente al espejo, el look casual.

Las mujeres tenían esa belleza étnica de Sonia Braga en pleno auge de la “bambula” y las yicas multicolores (todavía no se había inventado el término “pueblos originarios”), y los hombres fumaban marihuana para sumergirse en los arcanos de la obra de Foucault.

Sin darme cuenta me encontré escuchando anécdotas sobre los museos de Barcelona y los burdeles para transexuales de Madrid, que iban a parar, nobleza obliga, a la vindicación entusiasta del pueblo vasco y su lucha centenaria; con la historia del malabarista rastafari que había sido “okupa” en París hasta que las autoridades lo deportaron por sumarse a una marcha en contra de los pesqueros japoneses; con el cuento del hippie metafísico que se había deleitado con los cánticos rituales que embellecían los amaneceres marroquíes, caño mediante, y a la semana había descubierto que no había nada más lindo que armar una buena mazorca en el parque Caraguatá. Las particularidade s de ese mundo, no obstante, me resultaban más ajenas e incomprensibles cuanto más chaqueño me volvía: trasponía el umbral de esas lindas casitas de clase media y me encontraba con una calle bastante más parecida a las que recordaba de siglos anteriores.

Pero los guevaristas de la logia no se rendían con facilidad. Para retenerme, en un rito sacrificial demasiado sutil como para que me diera cuenta, me entregaron a una de sus vírgenes. Después quisieron mostrarme generosidad y desapego, y me preguntaron qué pensaba del materialismo crítico de Feuerbach y del ateísmo antropológico. Por último, sospecho que ofendidos porque me había hundido en la más deleznable concupiscencia desde el día de la ofrenda de Pocahontas, me invitaron al Encuentro Nacional o Regional de Teatro de la Cadorcha, que tendría lugar principalmente en el Centro Cultural Nordeste. Era la prueba de fuego.

Yo no entendía nada de Feuerbach y menos de dramaturgia. Tampoco era sensible a los gestos subrepticios que fortalecían la clandestinidad del grupo. Mi única meta era volver a la piecita con Pocahontas, que para algo me la habían ofrendado. Pero claro, Pocahontas también pertenecía al cenáculo y ya estaba perdiendo la paciencia: de admirar el líquido ámbar que se balanceaba en el vaso mientras escuchaba a Miles Davis y debatía sobre la Revolución Cubana, había pasado a vivir echada en una catrera con un lumpen sin vuelo mental cuyas anécdotas más entrañables se reducían a unas vacaciones de verano en San Clemente del Tuyú.

Tal vez alguno se acuerde del evento, fue a principios de los noventa. Me quedó la imagen de una especie de Torre de Babel con un montón de gente parecida, entre ellos los propiamente “teatreros”, que hacía gracias y recibía ovaciones a cambio. Era en resumidas cuentas la catedral de los intelecto-mason es que me habían adoptado, a cuál más revolucionario, drogón y perspicaz.

No voy a hacer una crítica de las representacione s, ahora que estoy más viejo y aprendí a opinar, guitarra en mano, de temas de cultura general, para no herir susceptibilidad es (no sería raro que un lector de esos que le caen bien a todo el mundo haya sido uno de los transformistas de motricidad reducida de aquella noche fatídica); diré simplemente que salvo unos actores santafesinos que habían traído una obra llamada si mal no recuerdo “Teatro de Provincias”, que era muy graciosa, los demás eran todos una manga de sinvergüenzas. Sin-ver-güen-za s. Eso eran. Y yo, siempre con la palabra justa para enterrarme solito hasta la cintura, tuve que abrir mi bocota y pasó lo que tenía que pasar.

Así fue que Pocahontas sólo volvió a la piecita para llevarse los adornos que le habían servido durante el exilio para no olvidar su procedencia; así fue que una a una me cerraron las puertas de todos los lívings en los que había pasado tantos momentos inolvidables; así fue que a las crisálidas de esos tiempos apasionantes las vi, años más tarde, de lejos, convertidas en amas de casa y empleados públicos de día, y consejeros espirituales de las nuevas generaciones de noche.

Conclusión: en estos días de gloria, con 310 años recién cumplidos, reconozco que fui, soy y seré un auténtico resentido.

ADMINISTRADOR: No hablés así, tenés toda una vida por delante.
Citar
 
 
0 #1 jhon 11-05-2009 00:59
Me mato lo del insufrible juego de adivinanzas! jajajajaa
Gracias a Dios, todavia no soy un resentido, pero si lo pienso bien , voy en camino, cuando lo sea les aviso, así hacemos joda XD.

ADMINISTRADOR: Corre, John, corre!
Citar
 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Zona Lectores

Perspectivas

El niño estaba tendido de espaldas en el patio de su casa, revolviendo una brizna de pasto entre los dientes, con las manos detrás de la cabeza y los...

module by Inspiration

Angaú fuera de joda

El Chaco verdadero

La desocupación real o abierta, que incluye la encubierta que está formada por los inactivos (desalentados), supera los dos dígitos en Chaco. Estimamos...

module by Inspiration

Mas leídos

Ingreso