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Exclusivo: el valiosísimo efecto de contención que tienen las visitas de Clelia Avila a los presos de la alcaidía

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A veces vemos todo oscuro, negativo, sin futuro, doloroso, irritante, solitario. Pero cuando alguien como Clelia Avila nos brinda su propia perspectiva de la vida, milagrosos cambios se producen, y vemos todo oscuro, negativo, sin futuro, doloroso e irritante, pero ¡vemos que a otros les pasa lo mismo!


 

Algo de eso sucede cuando alguien tiende la mano a los que menos (manos) tienen y a los privados de su libertad. Por eso, la importancia de la labor que la legisladora del Bien realiza en la Alcaidía de Resistencia, donde su mensaje penetra las paredes, perfora los barrotes e inunda las almas de aquellos pícaros que alguna vez creyeron que la senda del Mal era la más fácil y confortable.

"Hay gente muy ruda allí en la que ahora vemos la luz del amor brillando en sus miradas", dijo Avila al programa "La sonda saltamente positiva", que se emite por FM La Pauta, refiriéndose a los resultados de esas incursiones intramuros del penal de la capital del Chaco. Por eso, AN le asignó a uno de sus cronistas la misión de compartir una de esas visitas.


Una experiencia religiosa


Tres de la siesta. El Renault 12 del asistente de Avila flamea de calor mientras nos lleva desde la redacción hacia la alcaidía, donde nos espera la diputada. "Es una gran mujer -nos dice con admiración-, mide como 1,90". Al vernos empapados de sudor, vemos que activa un botón y una corriente de aire calcinante y polvoriento brota desde un par de rejillas situadas en el panel del coche. "¿Tiene aire acondicionado?", preguntamos ilusionados. "No, pero recemos para que salga frío", nos dice.

Desde unos cincuenta metros antes de la penitenciaría provincial vemos a Clelia. Está de pie junto al acceso, con una camisa blanca (demasiado escotada para nuestro gusto) y un encantador pantalón fucsia que nos pareció ver alguna vez en un capítulo de "Mi bella genio". Nos saluda con la mano en alto y una sonrisa amable. A su lado, Charles Ingalls también sonríe, con los pulgares trabados en los tiradores de su pantalón y una remera con el logo "Con la fuerza de Rozas", sobreviviente de la campaña de 2007.

Tras los saludos, ingresamos al edificio. Sigue como lo recordamos de otras visitas, con ruidos metálicos y voces que rebotan desde los pasillos. Los sonidos llegan a nosotros surfeando sobre un aroma hediondo que mezcla los vahos de baños y guisos. "Creo que aquí no cultivan precisamente jazmines", bromea Ingalls. "¡Dalo por cierto que no!", responde Clelia con una dulce carcajada.

El jefe de la alcaidía se acerca, cruza algunas palabras con la diputada, nos saluda apretando mucho la mano y nos deja en compañía de tres policías que nos requisan. "¡Ey, no me hagan cosquillas o me iré a la alberca!", dice Charles. Avila y su chofer se ríen. A mí me quitan la 38 con la que entro y salgo del San Cayetano.

Cruzamos dos pabellones, bajo una lluvia torrencial de feroces promesas sexuales dirigidas a Clelia. "¡Caray, qué dirían sus esposas de verlos así!", exclama Charles. "¡No creo que les preparasen panecillos!", le contesta ella. El chofer se parte de la risa. "Son unos locos", nos dice mientras los señala.

Llegamos a una sala de paredes leprosas y una ventana enrejada por la que entra una luz agradable. "Párense ahí", indican los canas, relegándonos a una franja que nos deja con las espaldas contra una de las paredes. Se escuchan gritos y pasos aproximándose, hasta que un borbotón de presos atraviesa la puerta. "Sentados y con las manos mugrientas atrás, hijos de puta", dice uno de los guardias. "Nos los trate así, dígales manos nomás", frena Clelia. "¡Yo no puedo decir que mis manos reluzcan!", ríe Ingalls.

"Les traje algo", dice Avila cuando la masa humana se aquieta en el suelo. Tienen pantalones y camisas de grafa, más transpiradas que sucias. "Es esto", sigue Avila. Lleva sus manos al pecho, simula tomar algo allí y luego suelta el objeto invisible al aire. "Mi alma", completa ella. Charles la mira con admiración, mientras abre la lunchera donde Caroline le dejó un sandwich del que sobresalen grandes hojas de lechuga.

La diputada apela a un viejo recurso de maestra. Les pide a todos que digan su nombre y por qué están allí.

-Luis, maté a una mujer y a la hija porque vivían al lado y ponían fuerte el Discovery Channel.
-¿Y estás arrepentido?
-Sí, había sido que el que tenía el control remoto era el marido.
-¿Creés que ya estás en condiciones de reinsertarte en la sociedad?
-Eeeeh... ¿Me puede repetir la pregunta?
-¿Creés en el Niño Dios o en Papá Noel?
-En el Niño Dios y en Menotti.
-¡Bien, bien!¿Abrazamos todos a Luis?
Aunque nadie amaga con moverse, los policías levantan sus itakas y les apuntan. La tensión baja en algunos segundos.

-¿Algún otro amiguito se quiere presentar?
-Roberto, me acusan de un crimen que no cometí.
-¡Vaya, seguro que sí! ¡Creo haber escuchado eso en algunos otros asesinos seriales!- dice Charles con otra risotada y escupiendo pedacitos de pan y de pollo.

El tal Roberto se le tira encima, forcejean, se muerden, los policías apalean a ambos, Clelia grita.
La situación vuelve a quedar bajo control.

-¡Vaya, no creo que esto sea jugo de fresa!- dice Charles mostrando que de su costado sale una espesa cascada de sangre. Un policía toma la chuza que quedó en el suelo, y otro se lleva a Ingalls. "¡Les diría que mejor sigan sin mí!", bromea al salir. Roberto rechina los dientes en el rincón.

-¿Te das cuenta de que está mal lo que hiciste?- pregunta Avila con los brazos en jarra.
Roberto respira como una fiera acorralada. Tiene los ojos rojos.
-¿Quién cree que Roberto se portó mal?- insiste ella.
Los demás la miran como si estuvieran en una clase de química.
-Yo creo que estuvo mal- dice el chofer.
-¿Qué, qué dijiste, puto?-dice Roberto con voz de perro rabioso.
-Bah, no sé si mal, todas las culturas son respetables.

Avila intenta salvar la reunión. "No son malos, sólo quieren llamar la atención, necesitan cariño", nos dice en voz baja mientras desenfunda una guitarra y se la entrega a un colaborador.
-¿Alguien se acuerda de la canción del Payaso Pepín?-pregunta la dipu.
El silencio es espeso. Los policías que quedan nos miran y mueven levemente la cabeza con un presagio negativo.
-¿Nadie se va a acordar?¿Será que nadie quiere ganarse una galletita Manón?-vuelve a la carga Clelia.

Un pliquipliquipliqui camina despacio sobre el silencio.
-¿A ver qué esconden ahí?¿Una mascotita?- pregunta Clelia con una risita un poco forzada.
Los de adelante se apartan y descubren a un gordo de cabello rasurado que se masturba con los ojos cerrados y la cara elevada hacia el techo.
-¡Bueno, basta!¡Basta!¡Ahora por tontos se van!- estalla la diputada.
Los policías, con llamativa parsimonia, golpean suavemente a todos, como si fueran troperos ordenando el ganado, y se los llevan.
-¡Por vivos se perdieron la proyección de Blancanieves!- les grita ella como despedida.

Ya más tranquila, al salir, nos dijo que volvería "tantas veces como fuese necesario".

-Yo sé que un día vamos a jugar al elástico todos juntos-exclama, abriendo los brazos delicadamente.

Antes de retirarnos, el jefe de la alcaidía le informó que Charles había muerto antes de que llegara la ambulancia. En un papel escrito en sus últimos minutos escribió "¡Apuesto a que no terminaré mi emparedado!".

 

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Comentarios   

 
0 #4 medicada 12-03-2011 16:28
simplemente briyante
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0 #3 Ramoncito 12-03-2011 15:44
Guantánamo is yours, Honey ...
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0 #2 Sor Rita 11-03-2011 04:25
Apuesto a que los presos añoran mucho más su libertad ahora, que antes de las visitas de Clelia!
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0 #1 Ceci 10-03-2011 06:57
Dicen que los de la alcaidía de San Felipe, en Mendoza, quieren contratarla.
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