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Crudo pero necesario relato de uno de los héroes que entregaron todo de sí para combatir al mosquito invasor

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"Esto no me pasó a mí sino a un amigo que, codicioso hasta el pelotudismo, aceptó jugarse la vida por treinta pesos. Por suerte sobrevivió para contarla, pero hay que decir que la tragedia le estuvo respirando en la nuca durante varias horas".

Así comienza la conmovedora carta que nos envió el lector Cristian, conteniendo un crudo pero necesario relato sobre las horas atroces en que miles de comprovincianos pusieron todo de sí para combatir al mosquito aedes aegyptis y sus inmundas larvas. Como un homenaje a esos héroes anónimos, AN reproduce ese verdadero diario de guerra de un valiente, que prosigue a continuación:

-Fue una típica “descoordinación” de los equipos técnicos del gobierno, -sindicó mi amigo con aire de veterano de guerra mientras encendía un puro-.
-Falta de coordinación, -observé-.
-¡Des-coor-di-na-ción!, -ratificó-.
-Ok: descoordinación.
-Sí, que rima con descacharrización, y no como dicen los radicales, “descacharrado”, para diferenciarse de nosotros. Porque la descacharrización…
-Bueno, pero qué pasó…
-A eso iba. Nuestro pelotón fue afectado a las órdenes de un lugarteniente del Coronel Raúl Acosta. Te imaginarás la calentura que me alcé, porque yo con los radicales… La cosa es que nos subieron a una formación camuflada del Sefecha, toda pintada como si fuera un gusanito, para que los aedes no desconfiaran. La verdad que tuvimos suerte, porque al grupo del Negro Marcelo lo mandaron en un vagón decorado con tacuaras llamado “la gata peluda”, y al Loco lo pusieron en otro que parecía una larva de mariposa imperial. No sé a quién se le ocurrió que los mosquitos no se iban a dar cuenta del engaño.

Cuando el vetusto motor diesel de la locomotora se puso en marcha me sentí un poco mareado, pero a medida que la formación atravesaba la ciudad rumbo al territorio enemigo y la gente nos saludaba agitando los barbijos para la fiebre porcina, empecé a recuperar la compostura.

Por fin después de cinco paradas por desperfectos en la máquina llegamos al teatro de operaciones del otro lado de la ruta. Como buen radical, el sargento que estaba a cargo de nosotros se acercó a la puerta, la abrió y nos obligó a bajar primero, pero en cuanto estuvimos todos a resguardo el tren hizo sonar ruidosamente la sirena y se volvió para Resistencia. Grave error.

Los mosquitos, que hasta ese momento estaban admirando la elegante figura del gusanito y a lo sumo le gritaban alguna obscenidad, descubrieron el fraude y se nos vinieron encima. Gracias a dios el sargento estaba gritándole algo al motorman y no los vio venir.

Es horrible que hable así, porque al final uno termina amalgamándose, fundiéndose en una misma materia con sus cofrades, pero si no hubiera sido por su sacrificio tal vez hoy yo no contaría el cuento. Los aedes lo levantaron en andas y lo hicieron dar unas volteretas en el aire, después lo agarraron de las patas y lo empezaron a sacudir contra el suelo hasta que los gritos histéricos de dolor cesaron por completo: había muerto de dengue.

Mientras tanto los cinco que quedábamos buscamos refugio. Yo me arrojé en unos matorrales al pie de una pequeña colina desde la que se veían las casamatas de los mosquitos, y los demás me siguieron, salvo Méndez, el de Viviendas, que emprendió una huida a campo traviesa que no llegaría muy lejos.

Desde nuestra posición pudimos observar cómo los mosquitos que se estaban comiendo los restos del sargento se paraban en seco y chiflaban todos a la vez. Fue un sonido aterrador. De pronto, cerrándole el paso a Méndez, se alzó delante de él una pared negra que con una perversidad inenarrable tomó la forma del corazoncito de Capitanich. Creo que ese fue el golpe moral más duro que recibimos. Ni que hablar de lo que le hicieron cuando lo agarraron.

Mis compañeros empezaron a llorar como criaturas y nos inundó un olor nauseabundo: los aedes nos estaban rodeando. Desesperado, agarré el celular y atiné a llamar a la Municipalidad de Fontana, que era la base más cercana que teníamos, pero me atendió Isabelino Segovia, el del gremio, y me dijo que no fuera maricón y que resistiera hasta las últimas consecuencias. Resignado, me aferré a mi tarrito de veneno con Naranpol y por las dudas me puse una pastilla de sodja transgénica en la boca: me iban a agarrar, pero no iba a cantar.

Quiero que te figures el cuadro, -me dijo-: éramos cuatro tipos tirados entre los yuyos debajo de una nube de aedes aegypti. Ya estábamos muertos aunque todavía no lo sabíamos. Lo extraño es que no nos picaban.

Permanecieron a nuestro alrededor durante por lo menos veinte minutos, zumbando y peleándose entre ellos, porque te digo que son muy belicosos, hasta que súbitamente el que parecía ser el líder de los revoltosos se adelantó y tapándose el piquito con las patitas de adelante, gritó con indignación: “¡Quién fue el hijo de puta que se cagó!”

Yo me quedé anonadado sin dar crédito a lo que oía, pero el gordo Rampallo se largó a llorar de vuelta, se puso de rodillas como si estuviera en la iglesia y empezó a suplicar clemencia.

-¡Gordo puto!, -le dije-. ¡Tragate la pastilla de sodja! ¡No seas indigno! ¡Parecés un aliado dispuesto a agarrar el duodécimo lugar en la lista!
Pero no había caso: el gordo no dejaba de gimotear y hasta juró infiltrarse entre los humanos para que le perdonaran la vida:
-¡Los mando al frente!, -les prometió-, ¡les juro que los mando al frente! ¡Les consigo un salvoconducto para entrar al despacho de Aída Ayala! ¡Les traigo un plano de la dirección de catastro con la ubicación exacta de la capilla de Mongeló!

El mosquito guerrillero, ni lerdo ni perezoso, aceptó las condiciones de rendición del gordo, siempre y cuando se bañara para sacarse el olor a mierda. Entonces supe que nos habíamos salvado, cosa que no puedo decir de Margarito y Juanca, que tuvieron que quedarse en calidad de rehenes por si el gordo no cumplía con la palabra empeñada.

Mientras nos alejábamos por las vías del tren, en medio de la desolación y la muerte, escuché los aullidos de los que habíamos dejado atrás, jurando cagarse ahí mismo si cualquier quiróptero intentaba ponerles una patita encima, y al final un ruido sordo parecido a una empomación.

Es cierto, viejo, en Resistencia nos recibieron como a dos héroes, pero te digo que en la guerra no hay heroísmo. Todavía no puedo dormir pensando en Margarito y Juanca, que quizás estén siendo salvajemente violados por los aedes, mientras nosotros gozamos de una gloria inmerecida.

-Pero macho, -le dije-, si no pasaron ni veinticuatro horas.
-¿Ah, no? A mí me pareció una eternidad.

Cristian

 

Comentarios   

 
0 #4 Ramoncito 08-05-2009 17:14
Disculpame, Cristian.

¿En qué trencito de SEFECHA no te culean, entre los mosquitos y el gobierno?

Parece una cosa de "Angeles", ¿viste?
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0 #3 vero 08-05-2009 11:10
me mato lo del mosquito tapandose la cara y diciendo 'hijos de puta quien se cago!' juazzzzzzzzzzz! !!
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0 #2 Lore 08-05-2009 11:09
jejejjjej muy divertido cuanta imaginacion
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0 #1 Pepino el 88 08-05-2009 11:09
espectacular!! felicitaciones
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