Contacto del tercer tipo en Villa Papelito

Martes, 27 de Agosto de 2013 12:11 Yasduit Pepe
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Ya me enteré, Julián.
- ¿De qué?
Lo hacía bien. Me miraba de una manera que hubiera logrado que desactivara mi determinación si no fuera porque yo ya tenía todo claro. Con la boca semiabierta, el labio inferior como colgando y los dedos de la mano derecha tocándose por las yemas, mientras balanceaba la muñeca, se quedó algunos segundos con los ojos empujándome a la rendición.

Después me puse a pensar cómo fue que él supo que yo ya sabía. Porque me podría haber largado un “¿de qué?” menos ampuloso, más modesto, mejor camuflado, que me diera a entender que yo no podía haberme enterado más que de una boludez. Sin embargo, con tanta electricidad en su reacción yo tuve la confirmación -una más- de que no estaba equivocado.

Quizás lo traicionó la tensión que lleva prendida en la solapa cualquier gran secreto cuando en él se nos va la vida. En ese momento se dio cuenta de que había dado un paso en falso, porque de golpe dejó de mirarme, volvió a concentrarse en la rueda y mientras acomodaba el parche insistió con otro tono de voz, forzadamente desentendido.
- ¿De qué, che?
- De que sos de otro planeta.

Cuando, por encima de la goma que reparaba, le pude ver los ojos, sentí una especie de arrepentimiento. No un arrepentimiento total, devastador, sino uno de esos arrepentimientos grises que caen como una llovizna cuando decimos “no te quiero más, no sé qué pasó, pero no te quiero más”. Los ojos estaban quietos, fijos en el parche, pero más allá de él, y a la vez era como si se movieran imparables, buscando una salida. Algo se sacudía en él. Una tremenda máquina de nada que expulsaba en esa mirada un vapor de miedo.
- ¿Qué?

Lo largó sin convicción, sin encontrarle la modulación ni el volumen exactos, dudando de que ésa fuera la manera más eficaz de mostrarse después de la revelación. Me dio pena. La comisura izquierda de sus labios temblaba, y se quedó pálido.
- ¿Pensás que te voy a quemar, que de acá salgo corriendo a los diarios y a la NASA?¿Te pensás que soy tan cagador?
- ¿Qué estuviste tomando, Coco?¿Alconafta?

Yo sabía que la suya era una estrategia inevitable, pero aun así me provocó un cansancio anticipado y cierta desilusión saber que buscaría escabullirse así, paveando, descalificándome.
- Escuchame, Julián: hagámosla corta. Vos sabés que yo no sería tan imbécil de largarme con algo así sin tener certezas. Vos mismo, cuando murió la vieja y te agradecí que me ayudaras a que todo no se fuera al carajo, me preguntaste si te perdonaría cualquier cosa, ¿te acordás?
- No.
- Yo sí. Y vos también, yo sé que vos también.
- ¿Y qué mierda tiene que ver con la gansada que me tiraste recién?
- Vos aprovechaste ese momento. Ojo, en el buen sentido. Querías saber qué resguardos tenías, hasta qué punto podías contar conmigo cuando se supiera todo. Bueno, yo ya sé todo, y ahora podés contar conmigo.

Me miró fijo. Parecía estar sopesando lo que haría. Se daba cuenta de que esa podía ser la mejor hora para confesarlo, pero también de que luego no habría retorno.
- Podés contar conmigo, Julián. Una vez te dije que eras como mi hermano, y no fue pensando en dónde habías nacido. Cuando nos liquidaron la casa y hubo que venir acá, el único que no se borró fuiste vos. De eso tampoco me olvido.

Le puse mi mano en el hombro. Lo sentí más huesudo que antes. Bajó la cabeza, hizo un amague de continuar la negación, pero la voz se le puso muy grave y se le trabaron las primeras palabras. Tiró la rueda a un lado y, sentado en el piso como estaba, giró la cabeza hacia la derecha, mirando las hojas mustias de un helecho que crecía sin prometer nada junto a una de las enredaderas del patio. Bajó los brazos.
- ¿Y... te bancás eso?¿Vos te lo bancás, Coco?

Estaba a punto de llorar, o algo así. A mí, desde el estómago, me trepaba un gato por la garganta.
- Sos un boludo, sos. El que tendría que preguntar eso soy yo.
Nos reímos, con esas risas penosas de los amantes que se reencuentran cuando ya es imposible salvar algo, un domingo a la tarde, a esa hora en que la tristeza, puntualmente, sube como una marea hasta cubrirlo todo. Me acordé de la Negra, y lo bueno que hubiera sido que estuviera también allí. Aunque sea para estar, nada más.
- ¿Cómo supiste?

Seguía mirando al helecho, y movía compulsivamente las dos piernas flexionadas y cruzadas una sobre otra, como si se abanicara con ellas.
- El año pasado Doña Tuca me empezó a llenar la cabeza con que no estaba muy claro cómo habías aparecido en la familia, que a lo mejor eras un criminal prófugo, que a ella siempre le faltaba ropa del tendal...
- ¡Esa vieja sí que está al reverendo pedo todo el día! Hasta husmea en la vida sexual de los perros del barrio. “El Cachilo anda afilando con la caniche de los Torres”, me tiró la otra vez.
- Al principio no le dí bola, pero después le encontré cosas razonables a tanta sospecha. Por ahí imaginaba que habías matado a alguien. Pero por necesidad, eh, o sin querer, qué se yo. Esas cosas que pasan. Fuera lo que fuera, tenía claro que tu pasado era un inmenso agujero.
- Pero te había dicho que era huérfano, que me vine a Resistencia desde Villa Guillermina. Dentro de todo, era una historia completa.
- Me fuí ahí. Nunca hubo una familia Riendez, mucho menos una que atendiera un almacén. Te tendrías que haber elegido un apellido más común y una ciudad más grande. A vos, con tu foto, no te ubicaba nadie.
- Bueno, pero podría ser un tipo con problemas y punto. Nacido en otra parte, con otro nombre, pero humano. Nadie piensa, ante el primer pelotudo sin documentos, que el tipo no nació en la galaxia, ¿no?
- Te empecé a vigilar. Me daba miedo por Titina. Ella es muy chiquita. Pará, boludo, no pongas esa cara, ¿qué querés? ¿Qué sabía yo de por qué te habías inventado todo eso? La noche que pasaron el partido con los búlgaros me levanté a tomar agua y la puerta de tu pieza estaba abierta. Eran como las tres de la mañana. Tu cama estaba vacía. Había luz en el taller. Te ví cuando largabas el rayito ése por el dedo para soldar la bicicleta de Don Gómez. Casi me desmayo.
- Me hiciste acordar que lo tengo que ir a ver a Don Gómez. No me paga.
- Pará, Julián. No me terminás de confesar que en vez de bostero sos de Ríver. Esto es más jodido. Por lo menos completame la historia.

Ahí lo ví como sospechando que la había pifiado al aflojar tan rápido. Se frotó los tobillos, que se le asomaban entre las botamangas mugrientas de su pantalón de gabardina y unas alpargatas que alguna vez habían sido blancas.
- Si querés, Julián, si no te hace mal.
- Mirá... no sé... Que lo reparió...
- No cambia nada, te dejo solo, si querés. ¿Hago mate?¿Tomás si hago?

No sé si lo mío era compasión o miedo. Creo que era miedo. Había tenido tan por seguro que él negaría todo que ahora no sabía qué hacer con esa verdad inmensa que se había instalado en el medio. Volvió a mirarme a los ojos.
- Es Kaomp, mi planeta. Por lo menos algo así sonaría escrito en algún idioma de... de acá. Yo era bastante pendejo y era de los que podían subir a las naves. Es como un estatus eso, allá. Los que pueden subir y los que no. Vinimos para acá y hubo un problema en la nave. No sé qué, no nos decían. Y nos vinimos al carajo. Caímos cerca de Gato Colorado, en Santa Fe. Eramos treinta y siete, pero zafamos cinco. Cada uno fue por su lado. Cuando tu vieja me pilló afanándole ropa pensó que era un necesitado más. El resto lo sabés.
- ¿Y no piensan volver?¿Vos no pensás volver?
- No sé. Con los demás no hablo hace como un año. Se fueron muy lejos, y viste lo que cuesta una llamada internacional. En internet no sé cómo carajo rastrearlos.
- Pero ¿no tienen aparatos especiales o poderes telequinésicos, digamos?
- ¡Ja, ja! Mucha tele, Coco. Si te vas a Kaomp, vas a ver que la gente se para cara a cara y no se dice nada. Vos vas a pensar “se están comunicando mentalmente”. ¡Mentira, no tenemos un pedo para decirnos!
- Pero debe ser una sociedad súper avanzada.
- No sé si será el cine de ficción o qué, pero para ustedes la ecuación es así: nave intergaláctica igual a sociedad hipercivilizada. Error. Allá lo explicamos con lo que, traducido, podría llamarse la Teoría del Culo.
- No me tomés el pelo, Julián, estábamos hablando bien.
- ¡Te hablo en serio, salamín! En síntesis, es esto: todo pasa de puro culo, y del modo que se le canta el culo al universo. Kaomp explora otras galaxias cagándose en el tiempo y la distancia y sin necesidad de reventar la masa a la velocidad de la luz. ¿Sabés por qué?: de puro culo.
- Es un delirio, me parece que me querés desconcertar. Vos te estás burlando. Una especie de desquite, sí.
- ¿Sabés quién les cagó la vida a ustedes?
- Qué se yo... Noé...
- A ustedes los recontrajodió el tipo que inventó la rueda. A partir de allí, no concibieron otra forma de conseguir las cosas que con más o menos fuerza, pero siempre con fuerza, y se creyeron geniales cada vez que lograban formas de esforzarse menos. La idea de la no fuerza, del esfuerzo cero, quedó perdida para siempre. Mala suerte. En Kaomp nadie inventó la rueda. El gran descubrimiento fue algo que jamás podrías entender. Encontramos el gran atajo que ustedes no vieron y que nunca más verán. Culo, puro culo.

Me descubrí mirándolo fijamente. Ahora todo en él adquiría otra significación. Sus ojos negros me resultaban extraños, más grandes de lo común. O llenos de un brillo sobrenatural. El bigote podría estar ocultando alguna atrocidad sobre la boca.
- Che, cortala con el examen. Me siento un monstruo de historieta.
Revisé su queja y me corrió un estremecimiento por el estómago.
- ¡Te prohíbo que me leas la mente, Julián!¡Te lo recontraprohíbo!
Largó una carcajada.
- ¡Leer mentes!¿Y qué más te pensás que puedo hacer?¿Viajar en el tiempo?¿Resucitar muertos?¿Vivir adentro de los riñones de una mina?
- Mirá, vos presentalo como quieras, pero acá es evidente que el que tiene poderes superiores sos vos.
- ¡Aflojá, Coco!
- ¿Y qué es entonces el rayito del dedo?¿Un efecto secundario de tu pasión por los alfajores? El rayito es poder, Julián, no te hagás el que no entendés eso.
- ¿Y para qué me sirve?
- Te podría servir para no estar arreglando bicicletas.
- ¿Ah sí?¿Y para qué otra cosa, por ejemplo?
- Qué se yo.
- Yo tampoco sé. Porque no hay trabajos para personas "con rayitos en el dedo". El único que se me ocurre es cobayo de tus querídos congéneres norteamericanos, o los rusos, o los chinos, o quien sea. ¿A vos se te ocurre otro?¿Pensás, boludo, que yo podría vivir en paz si salgo a mostrar lo que soy?

Se puso colorado. Empezaba a anochecer. Durante la siesta había llovido un poco, y el atardecer era rosado y repleto de lamentos de ranas. El aire olía a kerosén cociendo tortas fritas. En momentos así, yo deseaba que la noche cayera como un derrumbe y me arrastrara a cualquier parte.
- Pero... ¿qué pensás hacer, entonces?
- No te entiendo.
- Vos no naciste para esto, quiero decir. No te podés bancar quedarte en este lugar para arreglar bicicletas y ayudar a un tipo a que su hermanita se rehabilite alguna vez de un derrame.
- ¿Y por qué no?
- Por lo que te digo, Julián, vos naciste para otra cosa.
Se sonrió con pena.
- Es lo mismo que se dice toda la gente acá en la villa. Y se van muriendo en la misma de siempre, changueando, rascando el mango. Diciéndose “a lo mejor el año que viene hago la pared de ladrillos”...

Nos quedamos callados unos segundos y después nos abrazamos muy fuerte. Doña Tuca se asomó por el alambrado para husmear.
- ¡Ay, Dios mío!¡Lucrecia, vieras al Julián y al Coco abrazados como novios!
Julián me soltó despacio y se volvió a poner rojo.
- ¡Váyase al carajo, vieja pelotuda!¡Si se metiera un poco más en su casa no se le habrían ido dos maridos con las primas!
Ella acusó el golpe. Parecía que se retiraba, pero volvió para dar batalla, con los puños cerrados tomándose el delantal que le cubría el vestido azul gastado.
- ¡No seas tan ordinario, Julián!¡Vos sabés que se fueron porque eran marineros!
- ¿Y la Rosa y la Marita que eran, entonces?¿Carabelas?
- ¡Manga de degenerados!
La vieja volvió a meterse en su casa, furiosa.

Nos reímos con ganas. Yo me fuí a preparar el mate.
En la cocina, mientras buscaba la yerba que había puesto a secar cerca de la leña por la mañana, lo oí putear porque se había quedado sin parches.

 

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